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sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Quieres que te cuente un cuento?

En un rincón oscuro entre dos columnas, Huberto había improvisado un nido de papel de periódicos para acomodarse cuando no conseguía un lugar más acogedor. Allí instalados nos dispusimos a pasar la noche echados lado a lado en la penumbra, envueltos en el olor del aceite de motor y el monóxido de carbono que impregnaba el ambiente con un tufo de transatlántico. Me acurruqué entre los papeles y le ofrecí un cuento en pago de tantas y tan finas atenciones.
 —Está bien, aceptó él, algo desconcertado porque creo que no había oído en su vida algo que semejara remotamente a un cuento.
 —¿De qué lo quieres? 
 —De bandidos, dijo, por decir algo. 
Invoqué algunos episodios de las novelas de la radio, letras de rancheras y otros ingredientes de mi invención y me largué de inmediato con la historia de una doncella enamorada de un bandolero, un verdadero chacal que resolvía a balazos hasta los menores contratiempos, sembrando la región de viudas y huérfanos. La joven no perdía la esperanza de redimirlo con la fuerza de su pasión y la dulzura de su carácter y así, mientras él andaba practicando sus fechorías, ella recogía a los mismos huérfanos producidos por las insaciables pistolas del malvado. Su aparición en la casa era como un viento del infierno, entraba pateando puertas y lanzando tiros al aire; de rodillas ella le suplicaba que se arrepintiera de sus crueldades, pero él se burlaba con unas tremendas risotadas que estremecían las paredes y helaban la sangre. ¿Qué hay, guapa? preguntaba a gritos mientras las criaturas aterrorizadas se escondían en el armario. ¿Cómo están los chiquillos? y abría la puerta del mueble para sacarlos de las orejas y tomarles las medidas. ¡Ajá! los veo muy crecidos, pero no te preocupes, que en un santiamén voy al pueblo y te hago otros huerfanitos para tu colección. Y así transcurrieron los años y siguieron aumentando las bocas que alimentar, hasta que un día la novia, cansada de tanto abuso, comprendió la inutilidad de seguir esperando la redención del bandido y se sacudió la bondad. Se hizo la permanente, se compró un vestido rojo y convirtió su casa en un lugar de fiesta y diversión, donde se podían tomar los más sabrosos helados y la mejor leche malteada, jugar toda clase de juegos, bailar y cantar. Los niños se divertían mucho atendiendo a la clientela, se acabaron las penurias y miserias y la mujer estaba tan contenta, que olvidó los desaires de antaño. Las cosas iban muy bien; pero las habladurías llegaron a oídos del chacal y una noche apareció como de costumbre, golpeando las puertas, disparando al techo y preguntando por los niños. Se llevó una sorpresa. Nadie se echó a temblar en su presencia, nadie salió corriendo en dirección al armario, la joven no se precipitó a sus pies para implorar compasión. Todos continuaron alegremente en sus ocupaciones, unos sirviendo helados, otros tocando la batería y los tambores y ella bailando mambo sobre una mesa con un esplendoroso sombrero decorado con frutas tropicales. Entonces el bandido, furioso y humillado, se fue con sus pistolas a buscar otra novia que le tuviera miedo y colorín colorado, este cuento se ha terminado. 

-Eva Luna, Isabel Allende.


Consuelo y el indio.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. Enseguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo. 
Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre. 
Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo. 

-Eva Luna, Isabel Allende.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Consuelo.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. Enseguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo.

Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre.
Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo.

-Eva Luna, Isabel Allende.


jueves, 8 de septiembre de 2016

La muerte de Edgar Alan Poe en Nymphomaniac.


-¿Qué estás leyendo?
-No estoy leyendo, en realidad solo reencontrándome con Edgar Alan Poe.
-No lo conozco.
-¿No? Pues era un hombre que sufría mucha ansiedad. Murió de la forma más temible que uno se pueda imaginar. Se llama delirium tremens. Sobreviene cuando a un largo periodo de abuso del alcohol lo sigue una repentina abstinencia. El cuerpo sufre una especie de ataque de hipersensibilidad. El enfermo tiene las más horripilantes alucinaciones: ratas, serpiente y cucarachas que salen del suelo, y gusanos que reptan por las paredes. El sistema nervioso está hiperalerta y se sufre pánico y paranoia. Luego falla el sistema circulatorio, pero el pánico y el horror continúan hasta el momento de la muerte.

<<Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher>>.

-Nymphomaniac, Lars Von Trier.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Todo es posible.

Després d'esmorzar, la senyoreta Lídia ens ha preguntat què volíem ser de grans. El Mali ha dit que volia ser pagès. Jo li he preguntat per què. M'ha dit que, si saps conrear la terra, mai no passes gana. Jo he dit que volia ser ballarina, però no sé si els cecs podem aprendre a ballar.
I el Mali m´ha fet molt feliç! Diu que els dansaires africans aprenen a ballar amb una bena als ulls. Així, diu, tenen equilibri i orientació i es mouen només pel que senten. Després ha callat uns segonds i, tot seguit, m'ha dit molt seriós:
-Seràs una gran ballarina. -I jo he respost que sí.

//

Después del desayuno, la señorita Lidia nos preguntó qué queríamos ser de mayores. Malí ha dicho que quería ser campesino. Yo le he preguntado por qué. Me ha dicho que, si sabes cultivar la tierra, nunca pasas hambre. Yo he dicho que quería ser bailarina, pero no sé si los ciegos podemos aprender a bailar.
¡Y Malí me ha hecho muy feliz! Dice que los danzantes africanos aprenden a bailar con una venda en los ojos. Así, dice, tienen equilibrio y orientación y se mueven sólo por lo que sienten. Después ha callado unos segundos y, a continuación, me ha dicho muy serio:
-Serás Una gran bailarina. -Y Yo he respondido que sí.

-La laia veu la llum (Laia ve la luz), Videns Espí.



lunes, 22 de agosto de 2016

Retazos encantadores II

Tras ese inicio, P.W. Botha llevó la voz cantante de la conversación. Y empezó por repasar la orgullosa historia de Sudáfrica. Nombeko había comprendido que los nueve años de cautiverio se alargarían, así que, a falta de estrategias, se limitó a traducir literalmente. El presidente siguió abundando en la orgullosa historia de Sudáfrica. Ella siguió traduciendo palabra por palabra. El presidente abundó todavía más en la orgullosa historia de Sudáfrica. Hasta que Nombeko se hartó. ¿Para qué agobiar al pobre chino con datos que seguramente no le interesaban? Entonces se volvió hacia él y le dijo:
—Si el señor quiere, puedo seguir traduciéndole un rato más las necedades autocomplacientes del presidente. Si no, puedo contarle que se supone que usted debe llegar a la conclusión de que los sudafricanos se hallan plenamente capacitados para fabricar armamento moderno, y que por eso ustedes, los chinos, deberían respetarlos.
—Agradezco su franqueza, señorita —repuso el chino—. Y tiene razón, no necesito oír más excelencias de su país. Pero, por favor, dígales que les agradezco el vívido relato de su historia.
La cena prosiguió. Cuando les sirvieron el plato principal, llegó el momento de que el ingeniero hiciera alarde de su capacidad intelectual, pero lo único que consiguió transmitir fue un batiburrillo de incongruencias técnicas. Westhuizen se lió tanto que consiguió que incluso el presidente perdiera el hilo (otro ejemplo de la buena suerte del ingeniero). A Nombeko le habría costado mucho traducir aquel galimatías, de haberlo intentado, claro.
 —Le ahorraré los disparates que el ingeniero acaba de soltar —tradujo en cambio—. En esencia, el asunto es éste: actualmente saben cómo fabricar armas nucleares y ya han acabado unas cuantas, a pesar de este ingeniero. Pero no he visto a ningún taiwanés merodeando por la planta, ni he oído hablar de ninguna bomba lista para ser exportada. Si me lo permite, le recomiendo que conteste con alguna cortesía, y que luego proponga que dejen cenar algo a la intérprete, porque me muero de hambre.
El emisario chino pensó que Nombeko era increíblemente encantadora. Sonrió y se declaró impresionado por los conocimientos del señor Westhuizen, quien le inspiraba un gran respeto. Por lo demás, sin querer faltar al protocolo sudafricano, le parecía raro que hubiera comensales a los que no les hubieran servido nada. Y afirmó sentirse incómodo por el hecho de que a la magnífica intérprete no le hubieran dado de cenar, y preguntó si el presidente permitía que le cediera parte de su comida. Botha chasqueó los dedos y pidió una ración para la indígena. Tampoco era para tanto, le llenarían un poco el buche, si eso satisfacía al invitado. Además, la conversación parecía bien encarrilada, al chino se lo veía bastante manso. Concluida la cena,
1) China sabía que Sudáfrica poseía armas nucleares,
2) Nombeko tenía un amigo para toda la vida en el secretario general de la provincia china de Guizhou,
3) Westhuizen había sobrevivido a otra crisis, ya que…
4) P.W. Botha estaba, en líneas generales, satisfecho, pues su coeficiente intelectual no daba para mucho más. Y por último, aunque no por ello menos importante:

5) Nombeko Mayeki, de veinticuatro años, seguía prisionera en Pelindaba, pero por primera vez en su vida había comido hasta saciarse.

-La analfabeta que era un genio de los números, Jonas Jonasson.


Retazos encantadores I

El safari estaba a punto de comenzar. El chino había traído a su propio intérprete. Todo empezó de la peor manera posible, cuando el intérprete, atolondradamente, se adentró entre la alta hierba para orinar. Aún más imprudente fue hacerlo en sandalias.
—¡Socorro, me muero! —gritó. Había sentido una picadura en el dedo gordo del pie izquierdo y había visto escabullirse un escorpión.
—No deberías haberte metido entre hierba de más de tres dedos de alto sin calzado adecuado. Bueno, no deberías haberlo hecho bajo ningún concepto, menos aún cuando sopla el viento —dijo Nombeko.
—¡Socorro, me muero! —insistió el intérprete.
—¿Por qué no cuando sopla el viento? —preguntó el ingeniero. No lo preocupaba la salud del intérprete, sino que sentía curiosidad.
Nombeko le explicó que los insectos se ocultan entre la hierba cuando el viento arrecia, lo que a su vez lleva a que los escorpiones salgan de sus madrigueras en busca de comida. Y ese día se había interpuesto en su camino el dedo gordo de un pie.
—¡Socorro, me muero! —les recordó el intérprete. Ella se dio cuenta de que el quejumbroso intérprete creía realmente en su propia interpretación del futuro inmediato.
—Me parece que no —comentó—. El escorpión era pequeño y tú eres grande. Pero, si quieres, podemos enviarte al hospital para que te limpien la herida. Pronto tu dedo gordo triplicará su tamaño y se te amoratará, y entonces te dolerá un huevo, si me permites la expresión. En cualquier caso, no estarás para mucha interpretación.
—¡Socorro, me muero! —se obstinó el intérprete.
—Al final me harás desear que así sea. En lugar de sorberte los mocos y lloriquear, ¿no podrías pensar en positivo y dar las gracias porque haya sido un escorpión y no una cobra? Al menos has aprendido que en África no se orina impunemente en cualquier parte. Hay servicios por todos lados. En el lugar de donde vengo yo, incluso están en hileras.

El intérprete guardó silencio unos segundos, conmocionado porque el escorpión, que sin duda causaría su muerte, podría haber sido una cobra, y entonces ya estaría muerto. Entretanto, el guía consiguió un coche y un chófer que lo llevara al hospital. Cargaron en el asiento trasero de un Land Rover al intérprete atacado, que retomó sus lamentos. El chófer, exasperado, puso los ojos en blanco y arrancó rumbo al hospital.

-La analfabeta que era un genio de los números, Jonas Jonasson.


miércoles, 10 de agosto de 2016

El poeta.

Pero en el barrio de chabolas también vivía desde hacía años un marinero, cocinero y poeta español al que doce hambrientos tripulantes, al decidir que necesitaban comida y no sonetos, habían arrojado por la borda. El español llegó a tierra a nado, encontró una chabola donde meterse y a partir de entonces fue tirando a base de poemas propios y ajenos. Cuando empezó a fallarle la vista, se apresuró a captar al joven Thabo y lo alfabetizó a la fuerza, a cambio de pan. Después tuvo derecho a una ración extra por leerle en voz alta, pues el viejo no solo se quedó ciego sino también medio senil, y únicamente se alimentaba de Pablo Neruda para desayunar, almorzar y cenar.
Los marineros estaban en lo cierto al afirmar que no solo de poesía vive el hombre. El viejo murió y inanición y Thabo decidió heredar todos sus libros. Cosa que, desde luego, a nadie le importó.

-La analfabeta que era un genio de los números, Jonas Jonasson.


Nombeko.

A medida que crecía, Nombeko vaciaba más bidones y su salario servía para cubrir otras necesidades además de la inhalación de disolvente. De este modo, su madre pudo complementarlo con pastillas y alcohol. Pero la niña, que se daba cuenta de que las cosas no podían seguir así, le dijo que debía elegir entre la abstinencia o la muerte.
Su madre asintió con la cabeza; lo había comprendido.
Fue un funeral muy concurrido. Por entonces, muchos habitantes de Soweto se dedicaban sobre todo a dos cosas: a quitarse la vida lentamente y a rendir el último homenaje a aquellos que ya se la habían quitado.

-La analfabeta que era un genio de los números, Jonas Jonasson.


El tiempo y la vida, Séneca.

No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es suficientemente larga para hacer en ella cosas grandes si la empleáramos bien. Pero el que se lo pasa en vaciedades, el que no se dedica a nada bueno, siente, al empuje de la última hora inevitable, que se le ha escapado la vida sin darse cuenta de que estaba caminando por ella. No se nos ha dado una vida breve, sino que nosotros hacemos que lo sea; y no somos pobres de tiempo, sino que lo desperdiciamos. Pasa como con los que se han hecho con grandes riquezas, pero que no son sensatos; todo se les disipa en un instante. Si esas riquezas, aunque no fueran muchas, llegan a un buen administrador, se acrecientan con su mismo uso. Así, nuestra vida es bastante larga para quien la sabe usar.

-Séneca, De la brevedad de la vida, I, 1.


Quisiera creerte, Séneca.

miércoles, 29 de junio de 2016

Espronceda, Canción de la muerte.


En mi la ciencia enmudece,

en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

-Espronceda, Canción de la muerte.



martes, 29 de marzo de 2016

Con el cordón umbilical enrollado en el cuello.

Ángela Vicario era la más bella de las cuatro, y mi madre decía que había nacido como las grandes reinas de la historia con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Pero tenía un aire desamparado y una pobreza de espíritu que le auguraban un porvenir incierto.

-Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.

Más para ocultar que para decir.

<<El hombre raro se llama Bayardo San Román y todo el mundo dice que es encantador, pero yo no lo he visto>>. Nadie supo nunca a qué vino. A alguien que no resistió la tentación de preguntárselo, un poco antes de la boda, le contestó: <<Andaba de pueblo en pueblo buscando con quién casarme>>. Podía haber sido verdad, pero lo mismo hubiera contestado cualquier otra cosa, pues tenía una manera de hablar que más bien le servía para ocultar que para decir.

 -Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.

                                         

El corazón.



Dicen que el corazón es solo un músculo. Dicen que no desempeña absolutamente ningún papel en nuestras emociones y que el hecho de que se utilice como símbolo del amor se debe a ciertas teorías arcaicas que afirmaban que en ese órgano se alojaba el alma, u otra chorrada semejante. Sin embargo, mientras escuchaba en silencio todo lo que Cate decía, a medida que cada sílaba lanzaba a través del teléfono una flecha afilada que se me clavaba en el oído, juro que sentí que el pecho entero se me iba a partir. Ya cono cía esa sensación. Dicen que un corazón no se puede romper de veras porque no hay nada que romper, pero no olvides que yo ya me había tenido que despedir de todas las personas a las que quería, y la sensación era idéntica. A lo mejor al corazón de Jeremy Pratt le había pasado lo mismo. Antes de morirse, me refiero. A lo mejor se le había partido a pedazos y quizá por eso en este momento a mi me dolía tanto , como si no hubiera tenido tiempo suficiente para recuperarse antes de recibir el siguiente golpe.

-El chico que perdió la cabeza, John Corey Whaley.




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A la gente no le gusta enfrentarse a cosas que no entiende.

Pero yo me daba cuenta de que se horrorizaban en silencio. Por ejemplo, la primera vez que volví a la iglesia con mi madre, la gente se puso a cuchichear y a señalarnos. Juro que incluso oí decir a una señora: <<Esto es algo antinatural>> mientras pasábamos a su lado. Supongo que a la gente no le gusta enfrentarse a cosas que no entiende. Casi todas las noches salía alguien en el telediario para hablar de mi existencia, para comentar lo que mi vida implicaba para la ciencia, la religión y la humanidad. Todo era un poco abrumador.

- El chico que perdió la cabeza, John Corey Whaley.

Sabía cómo morirme.

¿Cómo era posible que, en un abrir y cerrar de ojos, hubiera  pasado de estar muriéndome a convertirse supuestamente en un faro de esperanza para todos los que me rodeaban, en un chico milagro? Yo sabía cómo morirme, pero todavía no esta muy convencido de saber ser un héroe vivo.

-El chico que perdió la cabeza, John Corey Whaley.

                           

lunes, 21 de marzo de 2016

Little passage.

En el día se notaba la tibieza de la incipiente primavera, pero las noches todavía estaban frías y con los bruscos cambios de temperatura las maderas de la casa se quejaban, como una anciana artrítica. 

- Isabel Allende, el juego de Ripper.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Olfato

Catalogaba a la gente a través del olfato: Blake, su abuelo, olía a bondad, una mezcla de chaleco de lana y manzanilla; Bob, su padre, a reciedumbre: metal, tabaco y loción de afeitar; Bradley, a sensualidad, es decir, a sudor y cloro; Ryan Miller olía a confianza y lealtad, olor a perro, el mejor olor del mundo. Y en cuanto a Indiana, su madre, olía a magia, porque estaba impregnada de las fragancias de su oficio.

-Isabel Allende, El juego de ripper.

Amanda.

El hecho de que el padre de Amanda, Bob Martín, fuera el jefe del Departamento de Homicidios de San Francisco contribuyó a la perniciosa afición de la chiquilla, porque se enteraba de cuanta fechoría ocurría en la ciudad, un lugar idílico que no invitaba al crimen, pero si éste proliferaba en países tan civilizados como Suecia o Noruega, no se podía esperar que San Francisco, fundado por aventureros codiciosos, predicadores polígamos y mujeres de virtud negociable, atraídos por la fiebre del oro a mediados del mil ochocientos, quedara exento.

-Isabel Allende, El juego de Ripper.

sábado, 29 de agosto de 2015

El esclavo de la reina

No supo si tardaron una hora o más en cavar hasta un metro y medio de profundidad, donde el barato ataúd de metal que contenía los restos de Cleo quedó por fin al descubierto. Por un instante, la lluvia repiqueteó contra la tapa, y Francis esperó extrañamente que el ruido no perturbara el sueño de la reina egipcia. Luego, sacudió la cabeza y pensó: <<Esto le gustaría. Toda emperatriz se merece un esclavo en la otra vida>>.

-John Katzenbach, La historia del loco.