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viernes, 29 de julio de 2016

Hoy toca poesía.

Hoy ha tocado aprender un poquito de métrica (ya era hora...), y, cómo no, me han servido de ejemplo grandes maestros. ¡Aquí van algunos!

Vida, José de Hierro

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada. 


A un naranjo y a un limonero, Antonio Machado

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! 
Medrosas tiritan tus hojas menguadas. 
Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte 
con tus naranjitas secas y arrugadas!. 

Pobre limonero de fruto amarillo 
cual pomo pulido de pálida cera, 
¡qué pena mirarte, mísero arbolillo 
criado en mezquino tonel de madera! 

De los claros bosques de la Andalucía, 
¿quién os trajo a esta castellana tierra 
que barren los vientos de la adusta sierra, 
hijos de los campos de la tierra mía? 

¡Gloria de los huertos, árbol limonero, 
que enciendes los frutos de pálido oro, 
y alumbras del negro cipresal austero 
las quietas plegarias erguidas en coro; 

y fresco naranjo del patio querido, 
del campo risueño y el huerto soñado, 
siempre en mi recuerdo maduro o florido 
de frondas y aromas y frutos cargado!


La paloma, Rafael Alberti

Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)


Neruda

Nací tan malo para competir 
que Pedro y Juan se lo llevaban
todo:
las pelotas,
las chicas,
las aspirinas y los cigarrillos.
Es difícil la infancia para un tonto
y como yo fui
siempre más tonto que los otros
tontos
me birlaron los lápices, las gomas
y los primeros besos de Temuco.
¡Ay, aquellas muchachas!
Nunca vi unas princesas como ellas,
eran todas azules o enlutadas,
claras como cebollas, como el nácar,
manos de precisión, narices puras,
ojos insoportables de caballo,
pies como peces o como azucenas.
Lo cierto es que yo anduve
esmirriado y cubriendo con orgullo
mi condición de enamorado idiota,
sin atreverme a mirar una pierna
ni aquel pelo detrás de la cabeza
que caía como una catarata
de aguas oscuras sobre mis deseos.



A una nariz, Francisco de Quevedo

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Érase un reloj de sol mal encarado,
érase un alquitara pensativa,
érase un elefante boca aariba,
era Ovidio Nasón mas narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.



Luis de Góngora, fábula de Polifemo y Galatea, estrofa VI.


De este, pues, formidable de la tierra
bostezo , el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío
y redil espacioso donde encierra
cuanto las cumbres ásperas cabrío,
de los montes esconde: copia bella
que un silbo junta y un peñasco sella.


viernes, 1 de julio de 2016

Bécquer, el rayo de luna.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que solo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro, ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relimcho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las sobterráneas caballerizas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.


- Bécquer, el rayo de luna.


miércoles, 29 de junio de 2016

Espronceda, Canción de la muerte.


En mi la ciencia enmudece,

en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

-Espronceda, Canción de la muerte.



domingo, 26 de junio de 2016

¿Por qué la leyenda negra de Felipe II?

Tras sus dos fracasos matrimoniales, Felipe II se casó con Isabel de Valois, con la que tuvo dos hijas: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. El monarca amó a Isabel y quedó destrozado cuando esta falleció, cuatro años después. Fue en aquel tiempo cuando se gestó la leyenda negra de su reinado. El príncipe don Carlos, primogénito de Felipe II y de su primera esposa, María de Portugal, sufría una enfermedad crónica, consecuencia de la consanguinidad de la unión de sus padres. Él era consciente de las reticencias que mostraba su progenitor sobre sus derechos dinásticos, lo que le causó muchísima frustración. Su odio hacia Felipe II hizo que apoyara las reivindicaciones de la nobleza flamenca, lo cual provocó la ira de su padre, que ordenó encarcelarlo en el torreón del alcázar de Madrid, donde falleció en extrañas circunstancias, en 1568. 
Su trágica muerte y las supuestas relaciones que mantuvo con su madrastra, Isabel de Valois, hicieron del príncipe un héroe romántico para los forjadores de la leyenda negra, que acusaron al monarca español de haber ordenado el asesinato de su hijo. Isabel se llevaba bien con Carlos, pero no mantuvo una relación sentimental con su hijastro. En 1579 se produjo el procesamiento del secretario del rey Antonio Pérez y de la princesa de Éboli, sospechosos de conspirar contra la Corona. Pérez se refugió en Francia y publicó folletos virulentos contra el monarca español que servirían de base para la elaboración de la leyenda negra. 
«¿Ha hecho algo España en el mundo, como no sea quemar herejes y perseguir eminencias científicas, destruir civilizaciones y dejar por doquier huella sangrienta de su paso?», se preguntaba en 1914 Julián Juderías en su libro La leyenda negra, título que a partir de entonces designó la visión de España que urdieron anglosajones y flamencos, a la que retrataron como una nación cruel y tiránica, enemiga del progreso y de las innovaciones. En sus panfletos, los creadores de aquella campaña propagandística concluían que España era una nación gobernada por déspotas que utilizaron la Inquisición para someter a sus incultos súbditos, y Felipe II era el peor de todos ellos.
Pero ¿por qué tanta saña contra él? Por la posición de poder que adquirió España tras el descubrimiento de América y el desarrollo del imperio. A partir de entonces, los españoles fueron retratados en el exterior como individuos atrasados, fanáticos, crueles y poco agraciados.
Caídos en desgracia
Felipe II acusó a su secretario Antonio Pérez de tener tratos con herejes y de conspirar contra él en connivencia con la princesa de Éboli: a ella la mandó encerrar en Pastrana; Antonio Pérez consiguió huir a Francia. Desde allí difundió folletos contra Felipe II.
Propaganda
La historiografía contemporánea desmiente la leyenda negra, cuyos tópicos retrataban a los españoles como crueles, atrasados, altivos y poco dotados para las artes y las ciencias. Esa era la imagen que los enemigos del imperio español difundieron por el mundo.