-Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.
No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo // La vida es demasiado importante para tomársela en serio. - Oscar Wilde
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martes, 29 de marzo de 2016
Con el cordón umbilical enrollado en el cuello.
Ángela Vicario era la más bella de las cuatro, y mi madre decía que había nacido como las grandes reinas de la historia con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Pero tenía un aire desamparado y una pobreza de espíritu que le auguraban un porvenir incierto.
Más para ocultar que para decir.
<<El hombre raro se llama Bayardo San Román y todo el mundo dice que es encantador, pero yo no lo he visto>>. Nadie supo nunca a qué vino. A alguien que no resistió la tentación de preguntárselo, un poco antes de la boda, le contestó: <<Andaba de pueblo en pueblo buscando con quién casarme>>. Podía haber sido verdad, pero lo mismo hubiera contestado cualquier otra cosa, pues tenía una manera de hablar que más bien le servía para ocultar que para decir.
-Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.
El corazón.
Dicen que el corazón es solo un músculo. Dicen que no desempeña absolutamente ningún papel en nuestras emociones y que el hecho de que se utilice como símbolo del amor se debe a ciertas teorías arcaicas que afirmaban que en ese órgano se alojaba el alma, u otra chorrada semejante. Sin embargo, mientras escuchaba en silencio todo lo que Cate decía, a medida que cada sílaba lanzaba a través del teléfono una flecha afilada que se me clavaba en el oído, juro que sentí que el pecho entero se me iba a partir. Ya cono cía esa sensación. Dicen que un corazón no se puede romper de veras porque no hay nada que romper, pero no olvides que yo ya me había tenido que despedir de todas las personas a las que quería, y la sensación era idéntica. A lo mejor al corazón de Jeremy Pratt le había pasado lo mismo. Antes de morirse, me refiero. A lo mejor se le había partido a pedazos y quizá por eso en este momento a mi me dolía tanto , como si no hubiera tenido tiempo suficiente para recuperarse antes de recibir el siguiente golpe.
-El chico que perdió la cabeza, John Corey Whaley.
Sabía cómo morirme.
¿Cómo era posible que, en un abrir y cerrar de ojos, hubiera pasado de estar muriéndome a convertirse supuestamente en un faro de esperanza para todos los que me rodeaban, en un chico milagro? Yo sabía cómo morirme, pero todavía no esta muy convencido de saber ser un héroe vivo.
-El chico que perdió la cabeza, John Corey Whaley.
lunes, 21 de marzo de 2016
Little passage.
En el día se notaba la tibieza de la incipiente primavera, pero las noches todavía estaban frías y con los bruscos cambios de temperatura las maderas de la casa se quejaban, como una anciana artrítica.
- Isabel Allende, el juego de Ripper.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Olfato
Catalogaba a la gente a través del olfato: Blake, su abuelo, olía a bondad, una mezcla de chaleco de lana y manzanilla; Bob, su padre, a reciedumbre: metal, tabaco y loción de afeitar; Bradley, a sensualidad, es decir, a sudor y cloro; Ryan Miller olía a confianza y lealtad, olor a perro, el mejor olor del mundo. Y en cuanto a Indiana, su madre, olía a magia, porque estaba impregnada de las fragancias de su oficio.
-Isabel Allende, El juego de ripper.
Amanda.
El hecho de que el padre de Amanda, Bob Martín, fuera el jefe del Departamento de Homicidios de San Francisco contribuyó a la perniciosa afición de la chiquilla, porque se enteraba de cuanta fechoría ocurría en la ciudad, un lugar idílico que no invitaba al crimen, pero si éste proliferaba en países tan civilizados como Suecia o Noruega, no se podía esperar que San Francisco, fundado por aventureros codiciosos, predicadores polígamos y mujeres de virtud negociable, atraídos por la fiebre del oro a mediados del mil ochocientos, quedara exento.
-Isabel Allende, El juego de Ripper.
sábado, 29 de agosto de 2015
El esclavo de la reina
No supo si tardaron una hora o más en cavar hasta un metro y medio de profundidad, donde el barato ataúd de metal que contenía los restos de Cleo quedó por fin al descubierto. Por un instante, la lluvia repiqueteó contra la tapa, y Francis esperó extrañamente que el ruido no perturbara el sueño de la reina egipcia. Luego, sacudió la cabeza y pensó: <<Esto le gustaría. Toda emperatriz se merece un esclavo en la otra vida>>.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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Identidad
No demostraban sus emociones. Por fuera parecían vacíos, como si los medicamentos no sólo suprimieran su locura, sino también gran parte de sus identidades.
-John Katzenbach, La historia del loco.
Apartados del mundo
—La gente cree que son para mantenernos a todos dentro —comentó—. Pero no así. Esas paredes mantienen el mundo fuera. —Sacudió la cabeza—. Es como estar en una isla. O como ser uno de esos japoneses perdidos en la selva a quienes nadie dijo que la guerra había terminado y que pensaron año tras año que estaban cumpliendo su deber, luchando por su emperador. Estamos perdidos en la dimensión desconocida, donde todo nos deja de lado. Los terremotos. Los huracanes. Los desastres de todo tipo, provocados por el hombre y por la naturaleza.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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Cleo.
—Cleo me caía bien —dijo—. Tenía personalidad. Carácter. No era vacua, como tantos pacientes. Ojalá hubiera podido meterme en su cabeza un segundo y ver qué sentido tenía todo para ella. Tenía alguna lógica retorcida y propia. Algo que ver con Shakespeare, Egipto y todo eso. Ella era su propio teatro, ¿no es así? Supongo que debería haber estado sobre un escenario. O tal vez convertía todo lo que la rodeaba en su escenario. Puede que ése sea su mejor epitafio.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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viernes, 28 de agosto de 2015
El grito
Era fácil recordar ese grito.
Había pensado en él muchas veces, durante muchos años.
Hay gritos de miedo, gritos de espanto, gritos que revelan ansiedad, tensión o, incluso, desesperación. Éste parecía mezclar todas esas cualidades para sonar tan desesperado y aterrador que desafiaba la razón, amplificado por todos los terrores del hospital psiquiátrico juntos. El grito de una madre al ver que su hijo corre peligro. El grito de un soldado cuando ve su herida y sabe que es mortal. Algo ancestral y animal que sólo surge en los momentos más excepcionales y temibles. Era como si algo fijado en el centro de las cosas hubiera desaparecido de repente, con brusquedad, y eso fuera insoportable.
Nunca supe quién profirió ese grito, pero pasó a formar parte de todos quienes lo oímos. Y permaneció en nosotros por mucho tiempo.
Había pensado en él muchas veces, durante muchos años.
Hay gritos de miedo, gritos de espanto, gritos que revelan ansiedad, tensión o, incluso, desesperación. Éste parecía mezclar todas esas cualidades para sonar tan desesperado y aterrador que desafiaba la razón, amplificado por todos los terrores del hospital psiquiátrico juntos. El grito de una madre al ver que su hijo corre peligro. El grito de un soldado cuando ve su herida y sabe que es mortal. Algo ancestral y animal que sólo surge en los momentos más excepcionales y temibles. Era como si algo fijado en el centro de las cosas hubiera desaparecido de repente, con brusquedad, y eso fuera insoportable.
Nunca supe quién profirió ese grito, pero pasó a formar parte de todos quienes lo oímos. Y permaneció en nosotros por mucho tiempo.
-John Katzenbach, La historia del loco.
Conocer el futuro.
En la Antigüedad, los reyes y los príncipes se rodeaban de personas que supuestamente podían ver el futuro y les hacían perder el tiempo y el dinero, cuando puede que conocer el pasado fuera una forma mucho mejor de anticipar el futuro.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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jueves, 27 de agosto de 2015
La vida en un hospital.
Francis observó las manos del hombre, grandes y nudosas, casi tan curtidas como las de un viejo, lo que no era nada normal porque aquel hombre silencioso no parecía mucho mayor que él. Francis pensaba a veces que en el hospital las pautas corrientes del envejecimiento estaban algo alteradas. Los jóvenes parecían ancianos. Los ancianos parecían vejestorios. Hombres y mujeres que deberían estar llenos de vitalidad arrastraban los pies como si el peso de los años les dificultara cada paso, mientras quienes estaban casi al final de la vida tenían la simplicidad y las necesidades de un niño.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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miércoles, 26 de agosto de 2015
Voces
Una vez más, el día se había desvanecido a mi alrededor, y volvía a estar solo, salvo por los recuerdos, los fantasmas y murmullos familiares de esas voces tanto tiempo reprimidas. Parecían todas bastante entusiasmas con volver a apoderarse de mi mente. En cierto sentido, era como si despertaran a mi lado, como imaginaba que haría una amante de verdad si alguna vez la tenía. Reclamaban atención, como un grupo feliz que pujara por diversos objetos en una subasta concurrida.
-John Katzenbach, La historia del loco.
miércoles, 19 de agosto de 2015
Cuestión de salmones
A veces, durante la primavera, desde que me dieron de alta en el Western y tras instalarme en mi cuidad, cuando iba a la escalera para peces para contar los salmones que regresaban para el Wildlife Service, detectaba las sombras plateadas y relucientes de los peces y me preguntaba si sabían que el hecho de volver al lugar donde habían nacido para renovar el ciclo de la naturaleza les iba a costar la vida. Con la libreta en la mano, contaba los peces y solía combatir el impulso de advertirles de algún modo. Me preguntaba si tendrían alguna pulsión profunda, genética, que les informara de que volver a casa los mataría, o si todo era un engaño que aceptaban con gusto ya que el deseo de aparearse era tan fuerte que ocultaba la inevitabilidad de la muerte. ¿O eran como soldados, a los que se daba una orden imposible y evidentemente mortal, y decidían que el sacrificio era más importante que la vida?
A veces la mano me temblaba cuando hacía las anotaciones en la hoja de cómputo, tanta muerte latente pasaba frente a mí. En ocasiones lo entendemos todo mal. Así, algo que parece peligroso, como el inmenso océano, es el realidad seguro. Lo que es conocido, como el hogar, es de hecho más amenazador.
A veces la mano me temblaba cuando hacía las anotaciones en la hoja de cómputo, tanta muerte latente pasaba frente a mí. En ocasiones lo entendemos todo mal. Así, algo que parece peligroso, como el inmenso océano, es el realidad seguro. Lo que es conocido, como el hogar, es de hecho más amenazador.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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Donde fueres, haz lo que vieres.
¿Qué es una investigación? —preguntó retóricamente mirando a Lucy—. Hechos. Tomar esta prueba y añadirla a ésa. Formar una imagen del crimen como si fuese un puzzle. Todos los detalles de un crimen, desde el comienzo hasta la conclusión, han de encajar en un marco racional para proporcionar una respuesta. ¿No es eso lo que te enseñaron en la oficina del fiscal? ¿De modo que la acumulación de elementos demostrable elimina a todo el mundo salvo al sospechoso? Ésas son las pautas, ¿no?
—Ambos lo sabemos. Pero, ¿qué quieres sugerir?
—Que el ángel también lo sabe.
—Vale. Sí. Quizás. ¿Y?
—Lo que tenemos que hacer es ponerlo todo patas arriba.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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Yuxtaposición.
—¡Francis! —Más golpes en la gruesa puerta de madera—. ¡Francis! ¡Abre! ¿Estás ahí?
Reflexioné un instante sobre la curiosa yuxtaposición de la petición <<¡Abre!>>, seguida de la pregunta <<¿Estás ahí?>>.
En el mejor de los casos, el orden estaba invertido.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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Arqueólogo mental.
Lo observé mientras parecía tomar cada trozo de esos instantes, ponerlo a contraluz y girarlo despacio, como haría un arqueólogo con una reliquia tras soplarla para quitarle el polvo del tiempo. Peter actuaba de forma muy parecida con las observaciones; parecía creer que si ponía mentalmente lo que fuera en el angulo adecuado y lo sujetaba contra un foco de luz, lo vería como era en realidad. Y, en aquel momento, estaba enfrascado en ese proceso, con la cara tensa y los ojos fijos sin ver lo que tenía delante, sino otra cosa. Supongo que, en otro paciente, habría sido la mirada que precedía a una alucinación o un delirio. Pero, en el caso de Peter, era el análisis de un detalle.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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La demencia no es poética.
Creo que sólo los poetas idealizan que la demencia es de algún modo liberadora; es justo lo contrario. Ninguna de mis voces internas, ningún miedo, ningún delirio, ninguna compulsión, nada de lo que sirvió para crear al personaje triste que me desterró de la casa donde crecí y me mandó atado al Hospital Estatal Western, tenía nada en común con la libertad o la liberación, ni siquiera con ser único de una forma positiva. En lugar de eso, todas esas fuerzas eran como normas y regulaciones, exigencias y restricciones escritas en algún letrero que ocupaba un lugar muy destacado en mi mente. Supongo que estar loco es un poco como estar encarcelado. El hospital era el sitio donde nos tenían mientras nos dedicábamos a consolidar nuestra propia clase de detención interna.
-John Katzenbach, La historia del loco.
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