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miércoles, 21 de junio de 2017

Cada noche

Cada noche
Si no es un beso, una caricia
Si no, una mirada
O simplemente tu presencia


Cada noche
No te pienso pero te sueño
No te extraño pero te siento
No te escribo pero te quiero



Cada noche
Estas ahi pero no eres tu
Estoy yo contigo, mi luz
Estas tu, conmigo


Y así, destinadas, a la distancia en toda su plenitud

.:

sábado, 13 de mayo de 2017

Llovía, relato erótico.

Llovía, estaba diluviando y Tis había perdido el último tren a su casa. Eran las 00:00 de la noche y no tenía ganas de buscar una parada de autobús entre tanta lluvia. La poca gente que conocía, o era mayor y estaría durmiendo, o era joven y estaba de fiesta. Ella solo quería descansar; estaba agotada y helada.
Probó a llamar a algunos amigos pero no hubo suerte. Siguió intentándolo y uno de ellos descolgó, Lucas. 
—Hola Tis, ¿ocurre algo? —preguntó, extrañado de que le llamara en lugar de mandarle un Whatsapp.
—¡Hey! Hola. No es nada grave, pero me he quedado en tierra... —respondió tiritando.
—¿Estas en la calle? ¡¿Con el frío que hace?!
—Sí, aunque estoy resguardada. Em...¿Podría quedarme en tu casa esta noche? —le pidió, delicadamente.
—¡Claro! ¡Ven a casa antes de que cojas una pulmonía! 
Le recordó la dirección y, sonriendo aliviada, se encamino al lugar en el que pasaría la noche.

Lucas ya estaba en su portal esperándola, paraguas en mano. 
—Muchísimas gracias Lucas, qué haría sin ti... —le dijo una vez en el hogar, abrazándole.
—¿Qué estabas haciendo para perder el tren? —se extrañó. 
—Había quedado con unos amigos y se alargó demasiado. Corrí a por el tren, pero lo perdí por tres minutos. 
—Bueno, no te preocupes. Puedes quedarte aquí sin problemas. Estás en tu casa —la animó, al tiempo que colgaba su abrigo empapado en el perchero—. ¿Has cenado?
—Sí, sí, tranquilo —hizo un gesto con la mano, desechando la idea de meterse algo en el cuerpo con el cansancio que tenía encima—. ¿Qué estabas haciendo? ¿Te he interrumpido?
—Estaba viendo la tele —respondió, con mirada tranquilizadora.
—¿Alguna peli?
—Zapping, sin más. ¿Me acompañas?
—Claro, a ver qué hay.
Ambos se sentaron en el sofá y Lucas se apropió del mando. Pasaron la hora siguiente acurrucados, viendo capítulos repetidos de The Bing Bang Theory, riéndose y haciendo bromas. Fueron los párpados de Tis los que primero empezaron a pesar. Lucas se dio cuenta de ello y le enseñó su habitación. Se durmió al instante.

Ella se despertó a las 10:00 de la mañana, tardó unos minutos en darse cuenta de dónde estaba. Desperezada, se incorporó y fue al baño. Vio que había ropa en una percha anclada en la parte superior de la puerta. Ella seguía en paños menores, así que se acercó y husmeó las prendas. 
Lucas estaba en su habitación, estudiando en el escritorio. Tis se le acercó de puntillas por detrás.
—Hmm, qué bien hueles... —dijo, mientras le besaba el cuello.
—Me he duchado. ¿Has dormido bien?
—Como un bebé —respondió, pasando las manos por su pecho y descendiendo. No dejaba de besarle el cuello, subía por él con la lengua. Llegó a la oreja y succionó su lóbulo. Lucas le acariciaba el pelo. 
Sus manos llegaron a su pantalón; se metieron por debajo y palparon la superficie del calzoncillo. Él se lamía los labios y echaba la cabeza hacia atrás.
Entonces Tis paró y arrastró la silla hacia sí. Acto seguido se sentó encima de él, cara a cara, a horcajadas.
—Esta camisa es mía —sentenció, con mirada sospechosa.
—Ya —rió ella.
Lucas le rodeo el cuerpo con sus brazos y la besó intensamente. Un beso, tras otro, tras otro. Él le agarró la cara y siguió besándola. Pómulo, mejilla, arco de Cupido, comisura, mentón, mandíbula...Le lamió y besó el cuello, rozó suavemente sus labios para notar cómo se erizaba la piel, cómo reaccionaba después de ser mordida y saboreada. Luego se centró en un punto concreto y succionó. Era tan intenso el placer, que Tis aproximó su cadera a la de él, apretando la entrepierna contra su miembro, las bragas contra el pantalón. Pero de repente le paró tirándole del pelo.
—Para. No me dejes marca —le advirtió.
—Vale, perdona. Oye, ¿estás segura de que quieres seguir con esto? —le preguntó, pues si le había parado una vez podría no estarlo.
Tis se tomó la respuesta por su mano y juntó los labios con los suyos. Apoyó las manos en el respaldo para echarle hacia atrás pero él metió las suyas por debajo de sus piernas y la cargó hasta la cama. Ahora quedaba él sobre ella. Tis acarició toda su espalda, dejando una mano en sus glúteos, que apretaban su cadera contra su sexo. Desde la zona lumbar fue subiendo, arañando, apretando, palpando. Era una sensación tan única y placentera sentirle encima. Se ató a él con sus piernas como una enredadera. Sus miembros echaban fuego. Aun así no era suficiente y Lucas le levantó un poco una pierna para estar más cerca de ella.
También Tis necesitaba más y, con un poco de impulso, se puso encima de nuevo. No calculó y por poco cayeron al suelo; la cama era de 90. Hicieron fuerza los dos para volver a centrarse en el mueble amatorio sin desenredarse. 
Ella se sentó recta encima de él, mirándole a los ojos fijamente. Podía notarle perfectamente erecto tan cual estaba: justo sobre ella. Lucas metió las manos por debajo de su camisa en cuerpo ajeno y se la sacó por la cabeza, sin desabrochar botones. La dejó completamente despeinada. Tis tiró del pantalón de chándal y calzoncillo a la misma vez. Se iba a agachar pero él la besó rápidamente y la colocó encima de él, después de quitarle las bragas. 
—¡Eh! —volvió a interrumpir ella.
Lucas se sorprendió de su despiste y rápidamente se encapuchó. 
Se dejó penetrar muy despacio. Notaba que él subía su cadera y hacía fuerza en su cintura. Pero Tis quería disfrutarlo todo lo posible y soltó las manos que se habían pegado con tanta ansia a su cuerpo y las colocó a ambos lados de la cabeza de la víctima. 
Él se esforzaba por besarla, pero ella prefería seguir deleitándose con el gel de ducha de su cuello.

Los papeles yacían en el escritorio en la misma posición. Nada en la habitación se movía excepto ellos. Solo los gemidos y sofocos daban parte de lo que allí se estaba gestando. Solo la cama era sacudida por esos galopes sexuales. Nada se movía en el resto de la casa, desde fuera todo se veía igual. Pero para ellos nada era igual. La cama había cambiado para Lucas, no volvería a ser la misma. La habitación había cambiado.
Y la temperatura siguió subiendo. El ambiente estaba muy caldeado.




sábado, 29 de abril de 2017

Mi india



Quise conquistarte como hicieron los colonos con tu país.
Fui un Hernán Cortés y tú fuiste mi Marina.
Pero en realidad eres un alma salvaje, indomable, cerril.
Como el pajarillo de la amante de Catulo, Lesbia, 
"con quien juega, 
al que resguarda en el seno, 
al que suele dar la yema del dedo 
y le incita agudos picotazos". 
Esas heridas duelen, 
pero también divierten y hacen de motor,
así el juego no cesa y yo pierdo el control. 
Como las ninfas que se escabullen 
de los sátiros por los bosques,
nunca me canso de perseguirte.
Y pierdo de vista el suelo, la tierra firme.
Pero siempre seré "un osado amante, 
nunca, nunca podré besarte",
quizá esté siempre en esa urna de Keats.
Ahora yo soy Dante y tu eres mi Beatriz.


domingo, 2 de octubre de 2016

En el camino [El libro de los abrazos, Eduardo Galeano].

El escritor brasileño Nelson Rodriguez estaba condenado a la soledad. Tenía cara de sapo y lengua de serpiente, y a su prestigio de feo y fama de venenoso sumaba la notoriedad de su contagiosa mala suerte: la gente de su alrededor moría por bala, miseria o desdicha fatal.Un día, Nelson conoció a Eleonora. Ese día, el día del descubrimiento, cuando por primera vez vio a esa mujer, una violenta alegría lo atropelló y lo dejó bobo. Entonces quiso decir alguna de sus frases brillantes, pero se le aflojaron las piernas y se le enredó la lengua y no pudo más que tartamudear ruiditos.
La bombardeó con flores. Le enviaba flores a su apartamento, en lo más alto de un alto edificio de Río de Janeiro. Cada día le enviaba un gran ramo de flores, flores siempre diferentes, sin repetir jamás los colores ni los aromas, y abajo esperaba: desde abajo veía el balcón de Eleonora, y desde el balcón ella arrojaba las flores a la calle, cada día, y los automóviles las aplastaban.
Y así fue durante cincuenta días. Hasta que un día, un mediodía, las flores que Nelson envió no cayeron a la calle y no fueron pisoteadas por los automóviles.
Ese mediodía, él subió hasta el piso último, tocó el timbre y la puerta se abrió.


-El libro de los abrazos, Eduardo Galeano.


sábado, 17 de septiembre de 2016

Consuelo y el indio.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. Enseguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo. 
Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre. 
Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo. 

-Eva Luna, Isabel Allende.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Consuelo.

Por primera vez en su silenciosa existencia, Consuelo desobedeció una orden y tomó una iniciativa. Con ayuda de la cocinera arrastró al indio a su habitación del último patio y lo acostó en su jergón, decidida a salvarlo, porque le pareció una lástima verlo convertido en adorno para satisfacer un capricho del patrón y también porque en algunas ocasiones, ella había sentido una inexplicable inquietud al ver las manos de ese hombre, grandes, morenas, fuertes, atendiendo las plantas con singular delicadeza. Le limpió la herida con agua y jabón, le hizo dos cortes profundos con el cuchillo de picar pollos y durante un buen rato estuvo chupándole la sangre envenenada y escupiéndola en un recipiente. Entre buche y buche se enjuagaba la boca con vinagre, para no morirse ella también. Enseguida lo envolvió en paños empapados en trementina, lo purgó con infusiones de hierbas, le aplicó telarañas en la herida y permitió que la cocinera encendiera velas a los santos, aunque ella misma no tenía fe en ese recurso. Cuando el enfermo empezó a orinar rojo, sustrajo el Sándalo Sol del gabinete del Profesor, remedio infalible para los flujos de las vías urinarias, pero a pesar de todo su esmero, la pierna comenzó a descomponerse y el hombre a agonizar lúcido y callado, sin quejarse ni una sola vez. Consuelo notó que, haciendo caso omiso del pánico ante la muerte, la asfixia y el dolor, el jardinero respondía con entusiasmo cuando ella le frotaba el cuerpo o le aplicaba cataplasmas. Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. Además sacó la cuenta de que en sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo, a ver si partía más contento al otro mundo.

Conocí tan profundamente a mi madre, que puedo imaginar la ceremonia que sigue, aunque ella no me dio todos los detalles. No tenía pudores inútiles y siempre respondía a mis preguntas con la mayor claridad, pero cuando se refería a ese indio solía quedarse de pronto en silencio, perdida en sus buenos recuerdos. Se quitó la bata de algodón, la enagua y los calzones de lienzo y deshizo el rodete que llevaba enrollado en la nuca, como exigía su patrón. Su largo cabello le cayó sobre el cuerpo y así vestida, con su mejor atributo de belleza, se montó sobre el moribundo con gran suavidad, para no perturbar su agonía. No sabía muy bien cómo actuar, porque no tenía experiencia alguna en esos quehaceres, pero lo que le faltó en conocimiento lo pusieron el instinto y la buena voluntad. Bajo la piel oscura del hombre, los músculos se tensaron y ella tuvo la sensación de cabalgar sobre un animal grande y bravo. Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño, se deslizó hasta el sitio preciso y entonces se movió con discreción, como una esposa acostumbrada a hacer el amor con un marido anciano. Pronto él la volteó para abrazarla con la premura impuesta por la proximidad de la muerte, y la breve dicha de ambos alteró las sombras de los rincones. Así fui concebida, en el lecho de muerte de mi padre.
Sin embargo, el jardinero no murió, como esperaban el Profesor Jones y los franceses del serpentario, que querían su cuerpo para experimentos. Contra toda lógica, comenzó a mejorar, le bajó la calentura, se le normalizó la respiración y pidió de comer. Consuelo comprendió que sin proponérselo había descubierto un antídoto para las mordeduras venenosas y siguió administrándoselo con ternura y entusiasmo cuantas veces él lo solicitó, hasta que el paciente pudo ponerse de pie. Poco después el indio se despidió sin que ella intentara detenerlo. Se tomaron de las manos durante un minuto o dos, se besaron con cierta tristeza y luego ella se quitó la pepita de oro, cuya cuerda estaba ya gastada por el uso, y la colgó al cuello de su único amante, como un recuerdo de los galopes compartidos. Él se fue agradecido y casi sano. Mi madre dice que iba sonriendo.

-Eva Luna, Isabel Allende.