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viernes, 12 de mayo de 2017

Bucay y Katzembach.

Me ha encantado Carta de un asesino confeso de Jorge Bucay. Me recuerda muchísimo a El psicoanalista de John Katzenbach, tiene un estilo muy muy parecido. Aunque tendría que ser al revés, que John me recordara a Jorge, puesto que la publicación de Bucay es anterior. Aquí os dejo el pequeño relato del argentino; la novela de Katzenbach ya os recomiendo fervientemente que la leáis. Espero que os guste y que os anime a meteros en el juego de investigación del estadounidense.

Carta de un asesino confeso

Sr. Dr. Joaquín María Ayanack
Calle Gualeguaychú 431
Capital Federal
S / M
Estimado Sr.:
Ante que nada, debo decirle que Ud. no me conoce, por lo menos, no en el sentido vulgar de conocer, esto es, como yo lo conozco a Ud.
Quiero decir, yo sí tengo agendado su nombre y su domicilio. Yo sé su edad, sus gustos, el lugar donde va de vacaciones, la marca del auto que usa. Conozco el nombre de su esposa, el de sus hijos y hasta el de su perro cocker ("Pongo" ¿verdad?). Me interrumpe pensar que quizás todos estos datos lo inquieten un poco.
Como todos los que transitan por espacios de poder, tiene Ud. también sus aspectos paranoides. Me lo imagino preguntándose "¿Cómo sabes estas cosas de mí?", "¿Dónde consiguió este dato?".
… Para evitar que se siga angustiando con estos planteos, me apuro en contestarle que no hay dato tan secreto que un poco de dinero y mucho tiempo no sean capaces de conseguir… Y la verdad, es que no me falta ni esto ni aquello. (A veces, me parece que lo que hace que Dios sea omnipotente no es el poder, sino la paciencia infinita que da la inmortalidad. Nosotros, los humanos, en cambio, nos enfrentamos con ese grado de urgencia a la que nos obliga la forzosa conciencia de nuestra finitud.).
Eso sí, para llevar adelante una investigación seria, hace falta adosarle a la paciencia un poco de inteligencia y, obviamente, una cantidad de interés por lo investigado proporcional a la dificultad.
(Porque además, sin interés es imposible aguzar la inteligencia)…
Quizás fuera justo empezar por contarle cuándo empezó mi interés por Ud.
Es muy probable que no lo recuerde – ya que han pasado muchos años – pero el caso es que un día, exactamente el jueves 23 de Julio de 1991, pasadas las 2 de la tarde (do y cuarto precisamente), Ud. transitaba con su BMW gris por la calle Avellaneda, en Flores. Había llovido por la tarde y las calles estaban encharcadas como siempre. Al llegar a la esquina de Artigas, dobló a la izquierda a toda velocidad y enfiló por Artigas hacia Gaona, dejando que el auto se desplazara un poco de cola, como a Ud. le gusta doblar. Justo ahí, a metros de Avellaneda, hay un bache. Ud. lo conocía, sabía de ese bache, porque se arrimó al cordón derecho para esquivarlo, (¿se acuerda?)… Al hacerlo, claro, salpicó al viejito que intentaba cruzar aprovechando que el semáforo cortaba el tráfico de Artigas. Lo salpicó de arriba a abajo, desde las rodillas hasta el sombrero.
Ud. lo vió, yo sé que lo vió.
Y misteriosamente, contra todo lo esperado, Dr. ¡Ud. no paró…!
Y no sólo no paró, sinó que además (y esto fue lo más significativo), hizo un gesto… un gesto que debe haber durado tres o cuatro segundos, no más… un gesto de desprecio, un rictus de fastidio, unos milímetros de torcedura en su boca… al que siguió un leve, levísimo encogimiento de hombros que dijeron, clara y fugazmente, todo lo que hacía falta saber de su lectura del episodio.
Ese día yo me dije – ¡Qué mal tipo! -.
Conviene que yo le aclare algo de mí: No soy un prejuicioso. No tengo nada contra los autos importados, ni contra sus poseedores. También soy, creo, comprensivo y tolerante, así que después pensé que tal vez, me había equivocado y su actitud no había sido tal, o quizás, esa actitud suya había sido excepcional.
Una excepción a la regla que media su vida, un mal momento, un error, un exabrupto…
Ojalá lo entienda, Dr., para alguien como yo, que no comprende de aproximaciones, ni de medias tintas, las cosas son o no son, y la única manera de saber si Ud. era o no un bastardo, era investigándolo, investigándolo seriamente…
Así que… ¡eso es lo que hice!.
Durante los últimos cinco años me dediqué a saber sobre Ud. para poder ratificar o rectificar, esa horrible primera impresión que su actitud me causó.
Y aquí estoy, Dr. Ayanack, la investigación ha terminado, o mejor dicho, lo hallado es más que suficiente para una conclusión:
Ud. es aún más despreciable que lo que yo pude pensar en 1991.
… El 24 de Julio, al día siguiente del incidente, a la una y media de la tarde, me paré en la misma esquina de Artigas y Avellaneda a esperarlo pasar, apoyándome en la presunción de que Ud., como yo, no cambia sus rutas cotidianas (Siempre me sorprendió esta odiosa manía que tenemos los humanos de rigidizar nuestra conducta de hábitos: comemos siempre lo mismo, nos vestimos del mismo color, veraneamos en la misma ciudad, consumimos la misma marca de cigarrillos, y por supuesto, recorremos las mismas calles de la ciudad para ir de un lugar a otro).
Ud. no es una excepción, así que a las 2 y 14′, volvió a doblar con su BMW por Artigas hacia Gaona y esquivó el bache de Artigas arrimándose al cordón de la mano derecha.
Ese día no había agua, ni viejito cruzando, no hubo gesto ni nada que me distrajera de tomar su número de matrícula: B-2153412.
El lunes siguiente decidí no trabajar y dedicarle a la investigación el día completo, así que tomé mi auto, lo estacioné sobre Artigas y otra vez, esperé su paso. A la hora de siempre, el auto importado gris dobló y comencé a seguirlo: Juan B. Justo, Warnes, Serrano, Santa Fé, Gurruchaga. Confieso que me fastidió un poco verlo estacionar entre los lugares reservados para la Comisaría de la esquina de Santa Fé y Gurruchaga. Por un momento lo imaginé comisario o algo así. Pero no, Ud. ni siquiera entró en la comisaría. Pasó frente a la puerta y el agente de guardia lo saludó con la venia. Desde mi auto lo vi caminar por Santa Fé hacia Canning unos 20 o 30 mts. y entrar en un edificio. En ese momento el agente de guardia hizo sonar el silbato haciendo señas para que avanzara.
¿Por qué, Dr., Ud. puede estacionar su auto en un lugar reservado para la comisaría y yo tuve que ir a buscar un lugar donde estacionar, cosa difícil, por cierto, en esa zona?.
¿Por qué, Dr., nos hemos transformado en un compendio de oscuros privilegios concedidos o usurpados que benefician a unos a expensas de todos los otros?.
¿Cómo es que el hecho de tener una profesión como la de comisario, o subcomisario, permite hacer suyo un pedazo de ciudad para guardar un auto, y encima concede el poder de trasladar ese don a otros?.
Porque Ud., Dr., no trabaja en la comisaría. Ud. es… "amigo del comisario", ¿Da eso derecho a unos metros cuadrados de cuadra en la ciudad?, ¿Cuánto cuesta esa dádiva, Dr.? ¿Un "favorcito"?, ¿unos "pesos"?, ¿una concesión compensadora "non sancta"?.
Mascullando palabrotas contra Ud., la policía, la municipalidad y el sistema; estacioné y caminé las dos cuadras de vuelta hacia Santa Fé.
Sobre el fin de la tarde ya sabía lo que necesitaba para empezar mi investigación. Sabía su nombre, la dirección de su oficina, su profesión (Abogado Penalista), y su horario de atención lunes, miércoles, jueves y viernes de 14 a 18.
Hasta el momento en que entré en su oficina, confieso que aún tenía dudas sobre mis presunciones. Tanto el episodio de Flores como el "privilegio" del estacionamiento frente a la comisaría no me alcanzaban… Pero cuando su secretaria Mirta (la rubia, la que tiene dos hijos y vive en Liniers), me dió cita con Ud. para el lune siguiente a las 14 hs., me dí cuenta de su falta de respeto a los demás. Porque su secretaria sigue sus indicaciones Dr., y Ud. y yo sabemos que no puede llegar a las 14 hs. si a las 14.15… ¡dobla por Artigas, en Flores!.
¿Qué se supone que hace la persona que fué citada a las 14 hs., entre las 2 de la tarde y las 3 menos cuarto en que Ud. llega?, ¿Qué hace con su problema legal, con su ansiedad y con su angustia?. No sabe qué hace, ¿verdad, Dr.?. No lo sabe ni le importa un rábano… Que espere. El otro… que espere.
Confieso, Dr., que mi opinión sobre los penalistas nunca fue maravillosa. Siempre pensé que las personas deberían tener alguna imagen de sí mismos relacionada con la profesión que después eligen. No puede ser casual que casi todos los médicos sean hipocondríacos, casi todos los economistas sean tramposos, y que no existan abogados confiables. Muchos meses de mi investigación los dediqué a estudiar pisología. Fue un intento de llegar a entenderlo a Ud. y sus mecanismos. No entraba en mi cabeza que un individuo que se dedicaba a la justicia, tuviera una idea tan poco aceptable de la moral y de lo justo. Aprendí, entonces, algo que se llama "formación reactiva! (un supuesto mecanismo mediante el cual uno actúa para intentar cambiar el signo de la acción que sigue a un deseo censurable…)
La psicología sería mucho más benévola con Ud. que yo, Dr. Para la ciencia, Ud. "sublima sus pulsiones" con su profesión. Lo cual así enunciado hasta parece ennoblecedor. No, Dr.. No hay ningún mecanismo reactivo que justifique, por ejemplo, que Ud. haya conseguido que su cliente, Fuentes Orbide, saliera en libertad incriminando al cuñado y socio de él. Ud. sabía que el otro era inocente. Ud. sabía que su presentación y planteo de defensa terminaría cambiando el lugar, en la cárcel, de su cliente por el de su víctima. Y sin embargo, lo hizo igual. Ud. no defendía la justicia, Dr. Ni siquiera a su cliente.
Ud. defendió su bolsillo, su renombre, su interés personal.
Dos semanas después de que el pobre socio de su cliente fuera detenido, alguien le comentó sobre el caso, en un pasillo de tribunales. El comentario era un pseudo-reproche por haberlo "mandado preso"… ¿Recuerda su respuesta, Dr.? Sus palabras resuenan en mi cabeza como si hubiera estado allí escuchando: Ud. dijo: "Bueno, che, si no puede pagarse un buen abogado que se joda!".
Nada de justificación reactiva para Ud., Dr.
Nada de interpretación de sublimación para las actitudes de la más baja calaña.
¿Es que vamos a echarle la culpa a sus pulsiones por esa repulsiva escala de valores con que Ud. maneja sus relaciones interpersonales?
¿Vamos ahora a interpretar como "fobia a la pobreza" esa actitud del restaurante de la calle Alvear en aquel mediodía de septiembre…?
Déjeme que lo ayude a recordar…
Fue hace más o menos dos años, Ud. almorzaba con María Elena, su amante, en el restaurante de Alvear, así que debía ser martes (Mucho tiempo me llevó entender que los martes eran los días dedicados a su amante). Yo los miraba sentado en una mesa no demasiada lejana, como tantas otras veces. Aquel día, mientras comíamos, entró un chico de unos diez años vendiendo rosas por las mesas. Nadie lo había visto, ni los mozos, ni María Elena, ni yo… y de pronto Ud. gritó: "Mozo!" Y el camarero que lo atiende siempre (y que le teme tanto como lo odia), se acercó rápidamente. Entonces, Ud. hizo que el mozo echara al chico a empujones a la calle.
La psicología tendrá muchas explicaciones para estas canalladas, pero yo sólo tengo una, Ud. es un canalla Dr., tan canalla que no merece vivir.
Pensará Ud.: ¿Y a éste, qué le importa?. Me importa, Dr., me importa mucho…
Me importa porque yo soy aquel viejito que Ud. salpicó en Artigas y Gaona hace cinco años. Me importa porque también soy el tipo que tiene que caminar dos cuadras todos los días porque no puede estacionar en Gurruchaga y Santa Fé. Me importa porque soy su esposa, Dr., que quisiera almorzar con Ud. alguna vez, y porque, de alguna manera, también soy su amante, que quisiera no almorzar con Ud. algún martes. Me importa porque soy el preso inocente que paga en la cárcel por lo que no hizo. Me importar porque, de muchas maneras, yo soy el pibe que intenta vender las flores en el restaurante de la calle Alvear…
Los psicólogos me han enseñado mucho sobre los mecanismos de la mente, así que debo admitir, por fin, aunque me duela, que me importa porque seguramente, yo soy tan canalla como Ud., doctor.
Yo soy tan corrupto, tan soberbio, tan agresivo, tan interesado, tan egoísta, tan humillante, tan autoritario y tan despreciable como Ud.
En los últimos años, Dr., he llegado a pensar, por momentos, que Ud. no era más que una parte mía. Una horrible parte mía, con vida independiente, que muestra lo peor de mí, en cada una de sus actitudes.
Creo que fue a partir de esas ideas de "encarnaciones", "identificaciones" y "escisiones de la personalidad", que me di cuenta de que Ud. no sólo no merecía vivir, sino que, además, debía morir.
Sí. Morir!… ¿Pero morir cómo?.
¿Quién sabe?.
¿Cuál sería la forma más justa?. ¿Accidente?.
¿Infarto?. ¿Suicidio?. No lo sé.
La más honesta, sin dudas, sería, lisa y llanamente, el asesinato:
Esto es, que alguien, finalmente, decidiera matar por lo que Ud. tan arquetípicamente representa del resto de nosotros.
¿Entiende Ud. el porqué de mi carta Dr.?
No le escribo para que se arrepienta…
Le escribo para informarle (porque creo que le concierne), que he decidido matarle.
Por supuesto – yo lo sé – Ud. pensará en tomar sus recaudos:
Guardias, armas, guardaespaldas, sistemas de alarma, custodia en su casa, investigación de todo su personal, etc. etc.
Pero… ¿Cuánto tiempo se puede sostener todo eso?…
¡Cinco años me llevó juntar la información que me permita sentenciarlo con justicia!… puedo esperar cinco, diez o veinte para cumplir la ejecución… En algún momento la custodia se afloja, la precaución de olvida, los detalles se descuidan… y en ese momento, Dr. Ayanack, yo estaré esperándolo.
Puede que alguien duda (quizás Ud. mismo), si este aviso de asesinato es real…
Si yo mismo soy real…
¿Cómo saber, por ejemplo, que esto no es una especia de acto culposo inconsciente de su parte?. En un psicologismo salvaje, alguien podría preguntarse si esta no es una carta dirigida por Ud. a si mismo para autoreprocharse sus miserables acciones.
En contra de esta postura está mi idea de que Ud. es absolutamente incapáz de sentir culpa.
Lo creo un amoral, en el explícito sentido de la palabra.
Aunque… hay, a favor de esta posibilidad, un dato inquietante:
Cómo la policía podrá comprobar… esta carta fue escrita en su máquina de escribir, esa que está en su escritorio, en la casa de Floresta. El papel es el mismo que Ud. usa y salió de su cajón del escritorio. Si consideramos el tiempo que lleva tipear esta carta, llegaríamos a la conclusión de que la única persona que podría haberla escrito sin despertar sospechas es… Ud. mismo, Dr.
Este pequeño misterio final que toma nuestra historia me encanta porque le concede un toque de policial que me fascina. Voy a guardarme el secreto de cómo lo hice, como para poder volver a escribirle si apareciera algo más para decirle.
Por ahora, me despido de Ud., no sin antes permitirme hacerle un pedido:
Cuídese, Dr. Ayanack, cuídese!!!. No me gustaría que por un tonto descuido, un accidente real transformara en inútil todo mi trabajo.
J.M.A 



sábado, 29 de agosto de 2015

El esclavo de la reina

No supo si tardaron una hora o más en cavar hasta un metro y medio de profundidad, donde el barato ataúd de metal que contenía los restos de Cleo quedó por fin al descubierto. Por un instante, la lluvia repiqueteó contra la tapa, y Francis esperó extrañamente que el ruido no perturbara el sueño de la reina egipcia. Luego, sacudió la cabeza y pensó: <<Esto le gustaría. Toda emperatriz se merece un esclavo en la otra vida>>.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Identidad

No demostraban sus emociones. Por fuera parecían vacíos, como si los medicamentos no sólo suprimieran su locura, sino también gran parte de sus identidades.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Apartados del mundo

—La gente cree que son para mantenernos a todos dentro —comentó—. Pero no así. Esas paredes mantienen el mundo fuera. —Sacudió la cabeza—. Es como estar en una isla. O como ser uno de esos japoneses perdidos en la selva a quienes nadie dijo que la guerra había terminado y que pensaron año tras año que estaban cumpliendo su deber, luchando por su emperador. Estamos perdidos en la dimensión desconocida, donde todo nos deja de lado. Los terremotos. Los huracanes. Los desastres de todo tipo, provocados por el hombre y por la naturaleza.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Cleo.

—Cleo me caía bien —dijo—. Tenía personalidad. Carácter. No era vacua, como tantos pacientes. Ojalá hubiera podido meterme en su cabeza un segundo y ver qué sentido tenía todo para ella. Tenía alguna lógica retorcida y propia. Algo que ver con Shakespeare, Egipto y todo eso. Ella era su propio teatro, ¿no es así? Supongo que debería haber estado sobre un escenario. O tal vez convertía todo lo que la rodeaba en su escenario. Puede que ése sea su mejor epitafio.

-John Katzenbach, La historia del loco. 

viernes, 28 de agosto de 2015

El grito

Era fácil recordar ese grito.
Había pensado en él muchas veces, durante muchos años.
Hay gritos de miedo, gritos de espanto, gritos que revelan ansiedad, tensión o, incluso, desesperación. Éste parecía mezclar todas esas cualidades para sonar tan desesperado y aterrador que desafiaba la razón, amplificado por todos los terrores del hospital psiquiátrico juntos. El grito de una madre al ver que su hijo corre peligro. El grito de un soldado cuando ve su herida y sabe que es mortal. Algo ancestral y animal que sólo surge en los momentos más excepcionales y temibles. Era como si algo fijado en el centro de las cosas hubiera desaparecido de repente, con brusquedad, y eso fuera insoportable.
Nunca supe quién profirió ese grito, pero pasó a formar parte de todos quienes lo oímos. Y permaneció en nosotros por mucho tiempo.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Conocer el futuro.

En la Antigüedad, los reyes y los príncipes se rodeaban de personas que supuestamente podían ver el futuro y les hacían perder el tiempo y el dinero, cuando puede que conocer el pasado fuera una forma mucho mejor de anticipar el futuro.

-John Katzenbach, La historia del loco.

jueves, 27 de agosto de 2015

La vida en un hospital.

Francis observó las manos del hombre, grandes y nudosas, casi tan curtidas como las de un viejo, lo que no era nada normal porque aquel hombre silencioso no parecía mucho mayor que él. Francis pensaba a veces que en el hospital las pautas corrientes del envejecimiento estaban algo alteradas. Los jóvenes parecían ancianos. Los ancianos parecían vejestorios. Hombres y mujeres que deberían estar llenos de vitalidad arrastraban los pies como si el peso de los años les dificultara cada paso, mientras quienes estaban casi al final de la vida tenían la simplicidad y las necesidades de un niño.

-John Katzenbach, La historia del loco.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Voces

Una vez más, el día se había desvanecido a mi alrededor, y volvía a estar solo, salvo por los recuerdos, los fantasmas y murmullos familiares de esas voces tanto tiempo reprimidas. Parecían todas bastante entusiasmas con volver a apoderarse de mi mente. En cierto sentido, era como si despertaran a mi lado, como imaginaba que haría una amante de verdad si alguna vez la tenía. Reclamaban atención, como un grupo feliz que pujara por diversos objetos en una subasta concurrida.

-John Katzenbach, La historia del loco.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Cuestión de salmones

A veces, durante la primavera, desde que me dieron de alta en el Western y tras instalarme en mi cuidad, cuando iba a la escalera para peces para contar los salmones que regresaban para el Wildlife Service, detectaba las sombras plateadas y relucientes de los peces y me preguntaba si sabían que el hecho de volver al lugar donde habían nacido para renovar el ciclo de la naturaleza les iba a costar la vida. Con la libreta en la mano, contaba los peces y solía combatir el impulso de advertirles de algún modo. Me preguntaba si tendrían alguna pulsión profunda, genética, que les informara de que volver a casa los mataría, o si todo era un engaño que aceptaban con gusto ya que el deseo de aparearse era tan fuerte que ocultaba la inevitabilidad de la muerte. ¿O eran como soldados, a los que se daba una orden imposible y evidentemente mortal, y decidían que el sacrificio era más importante que la vida?
A veces la mano me temblaba cuando hacía las anotaciones en la hoja de cómputo, tanta muerte latente pasaba frente a mí. En ocasiones lo entendemos todo mal. Así, algo que parece peligroso, como el inmenso océano, es el realidad seguro. Lo que es conocido, como el hogar, es de hecho más amenazador.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Donde fueres, haz lo que vieres.

¿Qué es una investigación? —preguntó retóricamente mirando a Lucy—. Hechos. Tomar esta prueba y añadirla a ésa. Formar una imagen del crimen como si fuese un puzzle. Todos los detalles de un crimen, desde el comienzo hasta la conclusión, han de encajar en un marco racional para proporcionar una respuesta. ¿No es eso lo que te enseñaron en la oficina del fiscal? ¿De modo que la acumulación de elementos demostrable elimina a todo el mundo salvo al sospechoso? Ésas son las pautas, ¿no?
—Ambos lo sabemos. Pero, ¿qué quieres sugerir?
—Que el ángel también lo sabe.
—Vale. Sí. Quizás. ¿Y?
—Lo que tenemos que hacer es ponerlo todo patas arriba.

-John Katzenbach, La historia del loco.

Yuxtaposición.

—¡Francis! —Más golpes en la gruesa puerta de madera—. ¡Francis! ¡Abre! ¿Estás ahí?
Reflexioné un instante sobre la curiosa yuxtaposición de la petición <<¡Abre!>>, seguida de la pregunta <<¿Estás ahí?>>. 
En el mejor de los casos, el orden estaba invertido. 

-John Katzenbach, La historia del loco.

Arqueólogo mental.

Lo observé mientras parecía tomar cada trozo de esos instantes, ponerlo a contraluz y girarlo despacio, como haría un arqueólogo con una reliquia tras soplarla para quitarle el polvo del tiempo. Peter actuaba de forma muy parecida con las observaciones; parecía creer que si ponía mentalmente lo que fuera en el angulo adecuado y lo sujetaba contra un foco de luz, lo vería como era en realidad. Y, en aquel momento, estaba enfrascado en ese proceso, con la cara tensa y los ojos fijos sin ver lo que tenía delante, sino otra cosa. Supongo que, en otro paciente, habría sido la mirada que precedía a una alucinación o un delirio. Pero, en el caso de Peter, era el análisis de un detalle.

-John Katzenbach, La historia del loco.

La demencia no es poética.

Creo que sólo los poetas idealizan que la demencia es de algún modo liberadora; es justo lo contrario. Ninguna de mis voces internas, ningún miedo, ningún delirio, ninguna compulsión, nada de lo que sirvió para crear al personaje triste que me desterró de la casa donde crecí y me mandó atado al Hospital Estatal Western, tenía nada en común con la libertad o la liberación, ni siquiera con ser único de una forma positiva. En lugar de eso, todas esas fuerzas eran como normas y regulaciones, exigencias y restricciones escritas en algún letrero que ocupaba un lugar muy destacado en mi mente. Supongo que estar loco es un poco como estar encarcelado. El hospital era el sitio donde nos tenían mientras nos dedicábamos a consolidar nuestra propia clase de detención interna.

-John Katzenbach, La historia del loco.

domingo, 9 de agosto de 2015

John Katzenbach y los pensamientos sonoros

Varias voces resonaron en su interior y trató de escuchar lo que decían, porque supuso que tenían alguna opinión. Pero, cuando se concentraba, vio que ambos auxiliares lo observaban y tomaban nota de lo que su rostro expresaba. Por un instante se sintió desnudo, como si le hubieran arrancado la ropa.

-John Katzenbach, La historia del loco.

John Katzenbach y los fármacos

A veces la demarcación entre los sueños y la realidad se vuelve borrosa. Me cuesta saber qué es que. Supongo que por eso tengo que tomar tantos medicamentos, como si la realidad pudiera favorecerse químicamente. Ingiere los miligramos suficientes de esta o aquella pastilla y el mundo vuelve a estar enfocado. Eso es tristemente cierto y, en su mayoría, todos esos fármacos cumplen su cometido, aparte de sus desagradables efectos secundarios. Y supongo que, en general, es positivo. Sólo depende del valor que concedas a tener las cosas enfocadas.

-John Katzenbach, La historia del loco.

jueves, 6 de agosto de 2015

John Katzenbach, La historia del loco.

Los dos televisores mantenían un diálogo conflictivo, sintonizados en canales distintos, como si los personajes de cada serie estuvieran ajustando las cuentas a los de la otra.

-John Katzenbach, La historia del loco.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Comparación de un Hospital psiquiátrico con un sistema planetario, por John Katzenbach en La Historia del loco.

A veces veía el hospital como un universo completo en sí mismo, en que todos éramos pequeños planetas mantenidos en su sitio por fuerzas gravitacionales invisibles, y que nos movíamos por el espacio trazando nuestra propia órbita, aunque interdependientes; relacionados unos con otros, aunque separados.

-John Katzenbach, La historia del loco.

viernes, 17 de julio de 2015

La historia del loco, John Katzenbach

Vestía mi único traje: un traje de lanilla azul para asistir a entierros, comprado de segunda mano en previsión de la muerte de mis padres, pero como ellos se obstinaban en conservar la vida, era la primera ocasión en que me lo ponía. No tenía ninguna duda de que sería un buen traje para que me enterraran con él ya que mantendría mis restos calientes en la tierra fría. Cuando llegué a la mitad de la colina en mi ascenso hacia los terrenos del hospital, ya juraba que sería la última vez que me lo pondría deliberadamente, por mucho que se enfureciesen mis hermanas cuando apareciera en el velatorio de nuestros padres en pantalones cortos y una camisa con un chillón estampado hawaiano. Pero ¿qué podrían decirme? Después de todo, soy el loco de la familia. Una excusa que justifica toda clase de comportamientos. 

-La historia del loco, John Katzenbach