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sábado, 13 de mayo de 2017

Llovía, relato erótico.

Llovía, estaba diluviando y Tis había perdido el último tren a su casa. Eran las 00:00 de la noche y no tenía ganas de buscar una parada de autobús entre tanta lluvia. La poca gente que conocía, o era mayor y estaría durmiendo, o era joven y estaba de fiesta. Ella solo quería descansar; estaba agotada y helada.
Probó a llamar a algunos amigos pero no hubo suerte. Siguió intentándolo y uno de ellos descolgó, Lucas. 
—Hola Tis, ¿ocurre algo? —preguntó, extrañado de que le llamara en lugar de mandarle un Whatsapp.
—¡Hey! Hola. No es nada grave, pero me he quedado en tierra... —respondió tiritando.
—¿Estas en la calle? ¡¿Con el frío que hace?!
—Sí, aunque estoy resguardada. Em...¿Podría quedarme en tu casa esta noche? —le pidió, delicadamente.
—¡Claro! ¡Ven a casa antes de que cojas una pulmonía! 
Le recordó la dirección y, sonriendo aliviada, se encamino al lugar en el que pasaría la noche.

Lucas ya estaba en su portal esperándola, paraguas en mano. 
—Muchísimas gracias Lucas, qué haría sin ti... —le dijo una vez en el hogar, abrazándole.
—¿Qué estabas haciendo para perder el tren? —se extrañó. 
—Había quedado con unos amigos y se alargó demasiado. Corrí a por el tren, pero lo perdí por tres minutos. 
—Bueno, no te preocupes. Puedes quedarte aquí sin problemas. Estás en tu casa —la animó, al tiempo que colgaba su abrigo empapado en el perchero—. ¿Has cenado?
—Sí, sí, tranquilo —hizo un gesto con la mano, desechando la idea de meterse algo en el cuerpo con el cansancio que tenía encima—. ¿Qué estabas haciendo? ¿Te he interrumpido?
—Estaba viendo la tele —respondió, con mirada tranquilizadora.
—¿Alguna peli?
—Zapping, sin más. ¿Me acompañas?
—Claro, a ver qué hay.
Ambos se sentaron en el sofá y Lucas se apropió del mando. Pasaron la hora siguiente acurrucados, viendo capítulos repetidos de The Bing Bang Theory, riéndose y haciendo bromas. Fueron los párpados de Tis los que primero empezaron a pesar. Lucas se dio cuenta de ello y le enseñó su habitación. Se durmió al instante.

Ella se despertó a las 10:00 de la mañana, tardó unos minutos en darse cuenta de dónde estaba. Desperezada, se incorporó y fue al baño. Vio que había ropa en una percha anclada en la parte superior de la puerta. Ella seguía en paños menores, así que se acercó y husmeó las prendas. 
Lucas estaba en su habitación, estudiando en el escritorio. Tis se le acercó de puntillas por detrás.
—Hmm, qué bien hueles... —dijo, mientras le besaba el cuello.
—Me he duchado. ¿Has dormido bien?
—Como un bebé —respondió, pasando las manos por su pecho y descendiendo. No dejaba de besarle el cuello, subía por él con la lengua. Llegó a la oreja y succionó su lóbulo. Lucas le acariciaba el pelo. 
Sus manos llegaron a su pantalón; se metieron por debajo y palparon la superficie del calzoncillo. Él se lamía los labios y echaba la cabeza hacia atrás.
Entonces Tis paró y arrastró la silla hacia sí. Acto seguido se sentó encima de él, cara a cara, a horcajadas.
—Esta camisa es mía —sentenció, con mirada sospechosa.
—Ya —rió ella.
Lucas le rodeo el cuerpo con sus brazos y la besó intensamente. Un beso, tras otro, tras otro. Él le agarró la cara y siguió besándola. Pómulo, mejilla, arco de Cupido, comisura, mentón, mandíbula...Le lamió y besó el cuello, rozó suavemente sus labios para notar cómo se erizaba la piel, cómo reaccionaba después de ser mordida y saboreada. Luego se centró en un punto concreto y succionó. Era tan intenso el placer, que Tis aproximó su cadera a la de él, apretando la entrepierna contra su miembro, las bragas contra el pantalón. Pero de repente le paró tirándole del pelo.
—Para. No me dejes marca —le advirtió.
—Vale, perdona. Oye, ¿estás segura de que quieres seguir con esto? —le preguntó, pues si le había parado una vez podría no estarlo.
Tis se tomó la respuesta por su mano y juntó los labios con los suyos. Apoyó las manos en el respaldo para echarle hacia atrás pero él metió las suyas por debajo de sus piernas y la cargó hasta la cama. Ahora quedaba él sobre ella. Tis acarició toda su espalda, dejando una mano en sus glúteos, que apretaban su cadera contra su sexo. Desde la zona lumbar fue subiendo, arañando, apretando, palpando. Era una sensación tan única y placentera sentirle encima. Se ató a él con sus piernas como una enredadera. Sus miembros echaban fuego. Aun así no era suficiente y Lucas le levantó un poco una pierna para estar más cerca de ella.
También Tis necesitaba más y, con un poco de impulso, se puso encima de nuevo. No calculó y por poco cayeron al suelo; la cama era de 90. Hicieron fuerza los dos para volver a centrarse en el mueble amatorio sin desenredarse. 
Ella se sentó recta encima de él, mirándole a los ojos fijamente. Podía notarle perfectamente erecto tan cual estaba: justo sobre ella. Lucas metió las manos por debajo de su camisa en cuerpo ajeno y se la sacó por la cabeza, sin desabrochar botones. La dejó completamente despeinada. Tis tiró del pantalón de chándal y calzoncillo a la misma vez. Se iba a agachar pero él la besó rápidamente y la colocó encima de él, después de quitarle las bragas. 
—¡Eh! —volvió a interrumpir ella.
Lucas se sorprendió de su despiste y rápidamente se encapuchó. 
Se dejó penetrar muy despacio. Notaba que él subía su cadera y hacía fuerza en su cintura. Pero Tis quería disfrutarlo todo lo posible y soltó las manos que se habían pegado con tanta ansia a su cuerpo y las colocó a ambos lados de la cabeza de la víctima. 
Él se esforzaba por besarla, pero ella prefería seguir deleitándose con el gel de ducha de su cuello.

Los papeles yacían en el escritorio en la misma posición. Nada en la habitación se movía excepto ellos. Solo los gemidos y sofocos daban parte de lo que allí se estaba gestando. Solo la cama era sacudida por esos galopes sexuales. Nada se movía en el resto de la casa, desde fuera todo se veía igual. Pero para ellos nada era igual. La cama había cambiado para Lucas, no volvería a ser la misma. La habitación había cambiado.
Y la temperatura siguió subiendo. El ambiente estaba muy caldeado.




viernes, 12 de mayo de 2017

Bucay y Katzembach.

Me ha encantado Carta de un asesino confeso de Jorge Bucay. Me recuerda muchísimo a El psicoanalista de John Katzenbach, tiene un estilo muy muy parecido. Aunque tendría que ser al revés, que John me recordara a Jorge, puesto que la publicación de Bucay es anterior. Aquí os dejo el pequeño relato del argentino; la novela de Katzenbach ya os recomiendo fervientemente que la leáis. Espero que os guste y que os anime a meteros en el juego de investigación del estadounidense.

Carta de un asesino confeso

Sr. Dr. Joaquín María Ayanack
Calle Gualeguaychú 431
Capital Federal
S / M
Estimado Sr.:
Ante que nada, debo decirle que Ud. no me conoce, por lo menos, no en el sentido vulgar de conocer, esto es, como yo lo conozco a Ud.
Quiero decir, yo sí tengo agendado su nombre y su domicilio. Yo sé su edad, sus gustos, el lugar donde va de vacaciones, la marca del auto que usa. Conozco el nombre de su esposa, el de sus hijos y hasta el de su perro cocker ("Pongo" ¿verdad?). Me interrumpe pensar que quizás todos estos datos lo inquieten un poco.
Como todos los que transitan por espacios de poder, tiene Ud. también sus aspectos paranoides. Me lo imagino preguntándose "¿Cómo sabes estas cosas de mí?", "¿Dónde consiguió este dato?".
… Para evitar que se siga angustiando con estos planteos, me apuro en contestarle que no hay dato tan secreto que un poco de dinero y mucho tiempo no sean capaces de conseguir… Y la verdad, es que no me falta ni esto ni aquello. (A veces, me parece que lo que hace que Dios sea omnipotente no es el poder, sino la paciencia infinita que da la inmortalidad. Nosotros, los humanos, en cambio, nos enfrentamos con ese grado de urgencia a la que nos obliga la forzosa conciencia de nuestra finitud.).
Eso sí, para llevar adelante una investigación seria, hace falta adosarle a la paciencia un poco de inteligencia y, obviamente, una cantidad de interés por lo investigado proporcional a la dificultad.
(Porque además, sin interés es imposible aguzar la inteligencia)…
Quizás fuera justo empezar por contarle cuándo empezó mi interés por Ud.
Es muy probable que no lo recuerde – ya que han pasado muchos años – pero el caso es que un día, exactamente el jueves 23 de Julio de 1991, pasadas las 2 de la tarde (do y cuarto precisamente), Ud. transitaba con su BMW gris por la calle Avellaneda, en Flores. Había llovido por la tarde y las calles estaban encharcadas como siempre. Al llegar a la esquina de Artigas, dobló a la izquierda a toda velocidad y enfiló por Artigas hacia Gaona, dejando que el auto se desplazara un poco de cola, como a Ud. le gusta doblar. Justo ahí, a metros de Avellaneda, hay un bache. Ud. lo conocía, sabía de ese bache, porque se arrimó al cordón derecho para esquivarlo, (¿se acuerda?)… Al hacerlo, claro, salpicó al viejito que intentaba cruzar aprovechando que el semáforo cortaba el tráfico de Artigas. Lo salpicó de arriba a abajo, desde las rodillas hasta el sombrero.
Ud. lo vió, yo sé que lo vió.
Y misteriosamente, contra todo lo esperado, Dr. ¡Ud. no paró…!
Y no sólo no paró, sinó que además (y esto fue lo más significativo), hizo un gesto… un gesto que debe haber durado tres o cuatro segundos, no más… un gesto de desprecio, un rictus de fastidio, unos milímetros de torcedura en su boca… al que siguió un leve, levísimo encogimiento de hombros que dijeron, clara y fugazmente, todo lo que hacía falta saber de su lectura del episodio.
Ese día yo me dije – ¡Qué mal tipo! -.
Conviene que yo le aclare algo de mí: No soy un prejuicioso. No tengo nada contra los autos importados, ni contra sus poseedores. También soy, creo, comprensivo y tolerante, así que después pensé que tal vez, me había equivocado y su actitud no había sido tal, o quizás, esa actitud suya había sido excepcional.
Una excepción a la regla que media su vida, un mal momento, un error, un exabrupto…
Ojalá lo entienda, Dr., para alguien como yo, que no comprende de aproximaciones, ni de medias tintas, las cosas son o no son, y la única manera de saber si Ud. era o no un bastardo, era investigándolo, investigándolo seriamente…
Así que… ¡eso es lo que hice!.
Durante los últimos cinco años me dediqué a saber sobre Ud. para poder ratificar o rectificar, esa horrible primera impresión que su actitud me causó.
Y aquí estoy, Dr. Ayanack, la investigación ha terminado, o mejor dicho, lo hallado es más que suficiente para una conclusión:
Ud. es aún más despreciable que lo que yo pude pensar en 1991.
… El 24 de Julio, al día siguiente del incidente, a la una y media de la tarde, me paré en la misma esquina de Artigas y Avellaneda a esperarlo pasar, apoyándome en la presunción de que Ud., como yo, no cambia sus rutas cotidianas (Siempre me sorprendió esta odiosa manía que tenemos los humanos de rigidizar nuestra conducta de hábitos: comemos siempre lo mismo, nos vestimos del mismo color, veraneamos en la misma ciudad, consumimos la misma marca de cigarrillos, y por supuesto, recorremos las mismas calles de la ciudad para ir de un lugar a otro).
Ud. no es una excepción, así que a las 2 y 14′, volvió a doblar con su BMW por Artigas hacia Gaona y esquivó el bache de Artigas arrimándose al cordón de la mano derecha.
Ese día no había agua, ni viejito cruzando, no hubo gesto ni nada que me distrajera de tomar su número de matrícula: B-2153412.
El lunes siguiente decidí no trabajar y dedicarle a la investigación el día completo, así que tomé mi auto, lo estacioné sobre Artigas y otra vez, esperé su paso. A la hora de siempre, el auto importado gris dobló y comencé a seguirlo: Juan B. Justo, Warnes, Serrano, Santa Fé, Gurruchaga. Confieso que me fastidió un poco verlo estacionar entre los lugares reservados para la Comisaría de la esquina de Santa Fé y Gurruchaga. Por un momento lo imaginé comisario o algo así. Pero no, Ud. ni siquiera entró en la comisaría. Pasó frente a la puerta y el agente de guardia lo saludó con la venia. Desde mi auto lo vi caminar por Santa Fé hacia Canning unos 20 o 30 mts. y entrar en un edificio. En ese momento el agente de guardia hizo sonar el silbato haciendo señas para que avanzara.
¿Por qué, Dr., Ud. puede estacionar su auto en un lugar reservado para la comisaría y yo tuve que ir a buscar un lugar donde estacionar, cosa difícil, por cierto, en esa zona?.
¿Por qué, Dr., nos hemos transformado en un compendio de oscuros privilegios concedidos o usurpados que benefician a unos a expensas de todos los otros?.
¿Cómo es que el hecho de tener una profesión como la de comisario, o subcomisario, permite hacer suyo un pedazo de ciudad para guardar un auto, y encima concede el poder de trasladar ese don a otros?.
Porque Ud., Dr., no trabaja en la comisaría. Ud. es… "amigo del comisario", ¿Da eso derecho a unos metros cuadrados de cuadra en la ciudad?, ¿Cuánto cuesta esa dádiva, Dr.? ¿Un "favorcito"?, ¿unos "pesos"?, ¿una concesión compensadora "non sancta"?.
Mascullando palabrotas contra Ud., la policía, la municipalidad y el sistema; estacioné y caminé las dos cuadras de vuelta hacia Santa Fé.
Sobre el fin de la tarde ya sabía lo que necesitaba para empezar mi investigación. Sabía su nombre, la dirección de su oficina, su profesión (Abogado Penalista), y su horario de atención lunes, miércoles, jueves y viernes de 14 a 18.
Hasta el momento en que entré en su oficina, confieso que aún tenía dudas sobre mis presunciones. Tanto el episodio de Flores como el "privilegio" del estacionamiento frente a la comisaría no me alcanzaban… Pero cuando su secretaria Mirta (la rubia, la que tiene dos hijos y vive en Liniers), me dió cita con Ud. para el lune siguiente a las 14 hs., me dí cuenta de su falta de respeto a los demás. Porque su secretaria sigue sus indicaciones Dr., y Ud. y yo sabemos que no puede llegar a las 14 hs. si a las 14.15… ¡dobla por Artigas, en Flores!.
¿Qué se supone que hace la persona que fué citada a las 14 hs., entre las 2 de la tarde y las 3 menos cuarto en que Ud. llega?, ¿Qué hace con su problema legal, con su ansiedad y con su angustia?. No sabe qué hace, ¿verdad, Dr.?. No lo sabe ni le importa un rábano… Que espere. El otro… que espere.
Confieso, Dr., que mi opinión sobre los penalistas nunca fue maravillosa. Siempre pensé que las personas deberían tener alguna imagen de sí mismos relacionada con la profesión que después eligen. No puede ser casual que casi todos los médicos sean hipocondríacos, casi todos los economistas sean tramposos, y que no existan abogados confiables. Muchos meses de mi investigación los dediqué a estudiar pisología. Fue un intento de llegar a entenderlo a Ud. y sus mecanismos. No entraba en mi cabeza que un individuo que se dedicaba a la justicia, tuviera una idea tan poco aceptable de la moral y de lo justo. Aprendí, entonces, algo que se llama "formación reactiva! (un supuesto mecanismo mediante el cual uno actúa para intentar cambiar el signo de la acción que sigue a un deseo censurable…)
La psicología sería mucho más benévola con Ud. que yo, Dr. Para la ciencia, Ud. "sublima sus pulsiones" con su profesión. Lo cual así enunciado hasta parece ennoblecedor. No, Dr.. No hay ningún mecanismo reactivo que justifique, por ejemplo, que Ud. haya conseguido que su cliente, Fuentes Orbide, saliera en libertad incriminando al cuñado y socio de él. Ud. sabía que el otro era inocente. Ud. sabía que su presentación y planteo de defensa terminaría cambiando el lugar, en la cárcel, de su cliente por el de su víctima. Y sin embargo, lo hizo igual. Ud. no defendía la justicia, Dr. Ni siquiera a su cliente.
Ud. defendió su bolsillo, su renombre, su interés personal.
Dos semanas después de que el pobre socio de su cliente fuera detenido, alguien le comentó sobre el caso, en un pasillo de tribunales. El comentario era un pseudo-reproche por haberlo "mandado preso"… ¿Recuerda su respuesta, Dr.? Sus palabras resuenan en mi cabeza como si hubiera estado allí escuchando: Ud. dijo: "Bueno, che, si no puede pagarse un buen abogado que se joda!".
Nada de justificación reactiva para Ud., Dr.
Nada de interpretación de sublimación para las actitudes de la más baja calaña.
¿Es que vamos a echarle la culpa a sus pulsiones por esa repulsiva escala de valores con que Ud. maneja sus relaciones interpersonales?
¿Vamos ahora a interpretar como "fobia a la pobreza" esa actitud del restaurante de la calle Alvear en aquel mediodía de septiembre…?
Déjeme que lo ayude a recordar…
Fue hace más o menos dos años, Ud. almorzaba con María Elena, su amante, en el restaurante de Alvear, así que debía ser martes (Mucho tiempo me llevó entender que los martes eran los días dedicados a su amante). Yo los miraba sentado en una mesa no demasiada lejana, como tantas otras veces. Aquel día, mientras comíamos, entró un chico de unos diez años vendiendo rosas por las mesas. Nadie lo había visto, ni los mozos, ni María Elena, ni yo… y de pronto Ud. gritó: "Mozo!" Y el camarero que lo atiende siempre (y que le teme tanto como lo odia), se acercó rápidamente. Entonces, Ud. hizo que el mozo echara al chico a empujones a la calle.
La psicología tendrá muchas explicaciones para estas canalladas, pero yo sólo tengo una, Ud. es un canalla Dr., tan canalla que no merece vivir.
Pensará Ud.: ¿Y a éste, qué le importa?. Me importa, Dr., me importa mucho…
Me importa porque yo soy aquel viejito que Ud. salpicó en Artigas y Gaona hace cinco años. Me importa porque también soy el tipo que tiene que caminar dos cuadras todos los días porque no puede estacionar en Gurruchaga y Santa Fé. Me importa porque soy su esposa, Dr., que quisiera almorzar con Ud. alguna vez, y porque, de alguna manera, también soy su amante, que quisiera no almorzar con Ud. algún martes. Me importa porque soy el preso inocente que paga en la cárcel por lo que no hizo. Me importar porque, de muchas maneras, yo soy el pibe que intenta vender las flores en el restaurante de la calle Alvear…
Los psicólogos me han enseñado mucho sobre los mecanismos de la mente, así que debo admitir, por fin, aunque me duela, que me importa porque seguramente, yo soy tan canalla como Ud., doctor.
Yo soy tan corrupto, tan soberbio, tan agresivo, tan interesado, tan egoísta, tan humillante, tan autoritario y tan despreciable como Ud.
En los últimos años, Dr., he llegado a pensar, por momentos, que Ud. no era más que una parte mía. Una horrible parte mía, con vida independiente, que muestra lo peor de mí, en cada una de sus actitudes.
Creo que fue a partir de esas ideas de "encarnaciones", "identificaciones" y "escisiones de la personalidad", que me di cuenta de que Ud. no sólo no merecía vivir, sino que, además, debía morir.
Sí. Morir!… ¿Pero morir cómo?.
¿Quién sabe?.
¿Cuál sería la forma más justa?. ¿Accidente?.
¿Infarto?. ¿Suicidio?. No lo sé.
La más honesta, sin dudas, sería, lisa y llanamente, el asesinato:
Esto es, que alguien, finalmente, decidiera matar por lo que Ud. tan arquetípicamente representa del resto de nosotros.
¿Entiende Ud. el porqué de mi carta Dr.?
No le escribo para que se arrepienta…
Le escribo para informarle (porque creo que le concierne), que he decidido matarle.
Por supuesto – yo lo sé – Ud. pensará en tomar sus recaudos:
Guardias, armas, guardaespaldas, sistemas de alarma, custodia en su casa, investigación de todo su personal, etc. etc.
Pero… ¿Cuánto tiempo se puede sostener todo eso?…
¡Cinco años me llevó juntar la información que me permita sentenciarlo con justicia!… puedo esperar cinco, diez o veinte para cumplir la ejecución… En algún momento la custodia se afloja, la precaución de olvida, los detalles se descuidan… y en ese momento, Dr. Ayanack, yo estaré esperándolo.
Puede que alguien duda (quizás Ud. mismo), si este aviso de asesinato es real…
Si yo mismo soy real…
¿Cómo saber, por ejemplo, que esto no es una especia de acto culposo inconsciente de su parte?. En un psicologismo salvaje, alguien podría preguntarse si esta no es una carta dirigida por Ud. a si mismo para autoreprocharse sus miserables acciones.
En contra de esta postura está mi idea de que Ud. es absolutamente incapáz de sentir culpa.
Lo creo un amoral, en el explícito sentido de la palabra.
Aunque… hay, a favor de esta posibilidad, un dato inquietante:
Cómo la policía podrá comprobar… esta carta fue escrita en su máquina de escribir, esa que está en su escritorio, en la casa de Floresta. El papel es el mismo que Ud. usa y salió de su cajón del escritorio. Si consideramos el tiempo que lleva tipear esta carta, llegaríamos a la conclusión de que la única persona que podría haberla escrito sin despertar sospechas es… Ud. mismo, Dr.
Este pequeño misterio final que toma nuestra historia me encanta porque le concede un toque de policial que me fascina. Voy a guardarme el secreto de cómo lo hice, como para poder volver a escribirle si apareciera algo más para decirle.
Por ahora, me despido de Ud., no sin antes permitirme hacerle un pedido:
Cuídese, Dr. Ayanack, cuídese!!!. No me gustaría que por un tonto descuido, un accidente real transformara en inútil todo mi trabajo.
J.M.A 



Un lugar en el bosque, Jorge Bucay

Un lugar en el Bosque

Esta historia nos cuenta de un famoso rabino jasídico: Baal Shem Tov.

Baal Shem Tov era muy conocido dentro de su comunidad porque todos decían que él era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba.
     Se había hecho una tradición en este pueblo: Todos los que tenían un deseo insatisfecho necesitaban algo que no habían podido conseguir iban a ver al rabino.
     Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que él elegía. Y los llevaba a todos juntos a un lugar único, que él conocía en medio del bosque.
     Y una vez allí, cuenta la leyenda, que Baal Shem Tov armaba con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz muy baja... como si fuera para él mismo.
Y dicen...
     que a Dios le gustaba tanto esas palabras que Baal Shem Tov decía, se fascinaba tanto con el fuego armado de esa manera, quería tanto a esa reunión de gente en ese lugar del bosque... que no podía resistir el pedido de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que ahí estaban.

Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta que nadie sabía las palabras que Baal Shem Tov decía cuando iban todos juntos a pedir algo...
     Pero conocían el lugar en el bosque. Sabían como armar el fuego.
     Una vez por año, siguiendo la tradición que Baal Shem Tov había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en ese mismo lugar del bosque, prendían el fuego de la manera en que habían aprendido del viejo rabino, y como no conocían las palabras cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o solo se miraban y hablaban de cualquier cosa en ese mismo lugar alrededor del fuego.

Y dicen...
     que Dios gustaba tanto del fuego encendido, gustaba tanto de ese lugar en el bosque y de esa gente reunida... que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igual concedía los deseos a todos los que allí estaban.
     El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo...

Y aquí estamos nosotros.
Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque.
No sabemos cuáles son las palabras...
Ni siquiera sabemos cómo encender el fuego a la manera en que Baal Shem Tov lo hacía...

Sin embargo hay algo que sí sabemos:

Sabemos esta historia,
Sabemos este cuento...

Y dicen...

Que Dios adora tanto este cuento...
Que le gustaba tanto esta historia...
Que basta que alguien la cuente...
Y que alguien la escuche...
Para que él complacido, satisfaga cualquier necesidad.
Y conceda cualquier deseo a todos los que están compartiendo este momento...

Así sea...