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jueves, 8 de septiembre de 2016

El cuadro.


-Ella me está mirando
-Sí
-Es un icono, es ruso.
-Sí, es una vil copia, quizá al estilo de Rublev. Los iconos suelen asociarse con la Iglesia Oriental.
-¿La iglesia oriental?
-Podría resultar demasiado teórico.
-Cuenta, me gustaría que me hablaras de esta pintura.
-Verás, la Iglesia Cristiana se extinguió en 1054 debido a las diferentes opiniones entre la Iglesia Oriental y la Iglesia Occidental, a las que hoy llamamos Iglesia Ortodoxa e Iglesia Católica Romana. Y este es un icono típico de la Iglesia Oriental. Suele mostrar a la virgen María con el niño Jesús y alguna vez, por ejemplo, la crucifixión, que era mucho más corriente en la Iglesia Occidental. Por regla general se podría decir que la Iglesia Occidental es la Iglesia del sufrimiento y la Oriental la de la felicidad. Si nos imaginamos un viaje de Roma hacia el este nos alejaremos de la culpa y del dolor e iremos hacia la alegría y la luz.
-Pero has dicho que no crees en Dios.
-No, pero el concepto de la religión es interesante, como el concepto del sexo. Pero no me verás de rodillas en ninguno de los dos casos.

-Nymphomaniac, Lars Von Trier.


lunes, 4 de julio de 2016

E. A. Poe, El hombre de la multitud.

Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar; rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón, deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa. 

- E. A. Poe, El hombre de la multitud.