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jueves, 16 de julio de 2015

Relato ganador del primer premio del XXIII Concurso de cuentos y narraciones cortas del IES Vega del Pirón (2014 - 2015)

Visitas en la oscuridad


Ella seguía viniendo a verme todas las tardes, a la misma hora. Entraba siempre por la puerta de atrás. Por ninguna razón en especial, simplemente porque la de delante estaba tan entrada en años que, si alguien la volvía a abrir, sería incapaz de mantener la casa segura por sí sola una vez cerrada de nuevo. A falta de esa protección esencial, se puso un cerrojo, el cual solo se podía echar desde dentro.
Siempre repetía la misma acción: atravesaba el pasillo desde la puerta de acceso al corral hasta la gloria, no sin cierto temor al dejar tras de sí el umbral que quedaba en medio de éste a la izquierda, el cual conducía a las habitaciones de arriba a través de unas escaleras. Acto seguido cruzaba aliviada la entrada de la todavía estancia más caliente de la casa. Arrojaba la mochila hacia el sillón más cercano a la ventana, cuya persiana solo podía subirse hasta menos de la mitad, y se sentaba en el otro, a esperar, sin saber muy bien a qué, con la mirada perdida en la televisión apagada. Me habría encantado saber lo que pasaba por esa cabecita todas y cada una de las veces que su mirada se perdía en esa oscura pantalla. Quince minutos después, su cansancio parecía ganar la batalla a su pensamiento y dejaba escapar un bostezo. Esa inhalación de oxígeno se le hacía necesaria para alcanzar un mínimo grado de lucidez y así poder empezar a hablar.
Contábame entonces sobre esto y estotro, sobre sus preocupaciones del día, sobre sus nuevos o pasados pero todavía presentes temores, sobre sus frustraciones debido a los sueños o ilusiones marchitas, sobre estos últimos mismos renovados una vez más..., con la total convicción de que yo escuchaba atentamente en todo momento. Me hacía preguntas y yo le daba algunas respuestas, de las cuales parecía entender la mayoría. Las otras, o no las oía o estaba demasiado embebida en su llanto como para prestarme atención.
Recitaba largos discursos, profundas reflexiones sobre nada y todo a la vez. Pero nunca llegaba a ninguna solución, siempre volvía al principio sin encontrar salida alguna. La pescadilla que se muerde la cola.
Media hora después, cansada de hablar, se levantaba y dirigía hacia la sala de enfrente, donde se encontraban la mitad de los libros que aún conservaba la casa. Curioseaba el lomo de cada uno, con objeto de elegir aquel que tuviera el título más seductor, pudiéndose al fin deshacer de los pensamientos que tantas lágrimas le hacían derramar.
 Ben-Hur, de Lewis Wallace; Otelo el mercader de Venecia, de Shakespeare; Rubén Darío, de Vargas Vila; Pabellón de reposo, de Camilo José Cela; Cinco horas con Mario y La hoja roja, de Miguel Delibes; Guerra y Paz, de Tolstoi; Narraciones extraordinarias, de E.A.Poe; Los Nibelungos; Adiós a las armas, de Ernest Hemingway; Las dos después de medianoche, de Stephen King; La Ilíada, de Homero; El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca; Poesías completas, de Antonio Machado[...].
Ese día se decantó por los Entremeses de Miguel de Cervantes, ya que eran lo suficientemente cortos e interesantes como para concentrarse en ellos sin tener que hacer mucho esfuerzo. Volvió a la gloria, pero esta vez se sentó en el otro sillón. Curioseó rápidamente la solapa y abrió el libro, seguidamente pasó la guarda, la portadilla y la portada, parándose por un momento en el envés de ésta.
—Depósito legal, 1967 —leyó, adoptando, a continuación, una expresión de fascinación como si de un abismo se tratara.
No se detuvo a ojear el índice, pasó directamente a la acción.

Ese día apenas pudo leer cuatro hojas debido a las inclemencias del tiempo, que parecía no estar dispuesto a arrojar más luz sobre la situación. Las oscuras nubes cargadas de lluvia se juntaron con la despedida del sol, haciendo aún más corto el día, prolongando más esa oscuridad.

Las tardes anteriores había estado bastante rato sentada en el sillón de al lado de la ventana, aunque, claro está, por mucho que me pese reconocerlo, después de perderse en la pantalla durante quince minutos, a veces incluso más. Yo suspiraba de alivio cada vez que sus ojos, hinchados ya de tanto segregar lagrimas, empezaban a entornarse. Cerca estaría entonces el bostezo que la haría despertar para echar lo negro del alma y encaminarse, pues, hacia la sala en la que se encontraban los libros. Y era ahí cuando, por fin, podía sonreír al ver cómo dejaba la pantalla negra a un lado y prefería la ventana por la que seguía pasando poca luz, pero la suficiente como para enfrascarse en uno de los muchos libros que devoró en ese sillón, después de devolverme la sonrisa. Leyó, mientras tomaba algunos apuntes con la ayuda de boli y papel que portaba en la mochila junto con otros útiles de estudio, algunos libros como El perfume, de Patrick Süskind; El cuaderno de Maya, de Isabel Allende; Las orquídeas rojas de Shanghai, de Juliette Morillot....

Al día siguiente de los Entremeses, decidió dejar éstos de lado, a pesar de haber abandonado incluso el primero de ellos a medio leer, y se propuso terminar El mensaje, de Nicholas Sparks. Diría que "para mi sorpresa", pero, a decir verdad, no me sorprendió lo más mínimo, por tanto, proseguiré con: lo consiguió, y cuando lo terminó echó unos lagrimones más grandes incluso que con Desde mi cielo, de Alice Sebold. Y entonces se percató de que, por primera vez en mi casa, las razones de su llanto no eran sus propios males. Eso le dio pie para comparar y hacerse nuevas preguntas, para abrir un poco más la mente. Me dijo entonces, reflexionando en voz alta:
—Si algo tengo claro es que cuando leo no pienso en lo que me hace daño. O bueno, mejor dicho, no pienso en nada. Pero hasta ahora no había vivido tanto un libro como para llorar con el final, y no de alegría, sino de tristeza, porque el final ha sido claramente trágico. Entonces —continuó, buscando las palabras que mejor encajaran con sus revelaciones— , si he llorado de tristeza por algo que no tiene que ver conmigo, quiere decir que hay algo más al otro lado de esto. Sé que si me siento mal es por lo que tengo en la cabeza en ese momento. Pero si está solo ahí, eso quiere decir que no es real...Se supone que lo que nos ocurre en la realidad nos afecta en la manera de pensar, pero, ¿y si ocurriera del mismo modo a la inversa, que así como queramos ver las cosas, así serán de verdad? Cuestión de perspectiva. Pero yo en realidad no quiero verlas así de intrincadas [...].
Si hablaba y hablaba sin parar era mala señal, siempre ha sido así, pero ese día algo en su ánimo oratorio cambió. No sé si fue ese libro de El mensaje, que vaya con el título, le viene como anillo al dedo, o algo quiso que el rumbo de sus pensamientos cambiara. Fuera lo que fuera, bienvenido fue. Con un brillo extraordinario en los ojos cogió su mochila, se despidió de mí y salió de la casa escopetada.

A la tarde siguiente no apareció, y ,tomándolo por costumbre, mudó de visitarme día sí día también a solo pasarse por aquí los días alternos. Lo interpreté como otra buena señal; si no venía a verme era porque no tenía nada que contar, por ende, nada que la hundiera hasta la desesperación.

Aunque me alegraba por ella, no podía evitar echarla de menos; los días impares me sentía más sola y encerrada en estas paredes que nunca. A mí también me ayudaban sus lecturas en voz alta, y ella lo sabía. El escuchar su dulce voz recitando, lo que significaba que estaba más calmada, y el ver esa imagen suya de la niña que todavía es sentada en el sillón, me hacía olvidar mi malaventurada condición, pudiendo esperar el momento de salir de ahí con un poco más de paciencia.

A medida que se sucedían los días, su presencia hacía que la casa se iluminara más, incluso cuando el tiempo hiciera de las suyas. No fue en dos días, ni tres, ni cuatro. Fueron semanas, meses. Y cada uno de ellos yo rezaba por mi niña, por que no apareciera al día siguiente, o por que, simplemente, apareciera con esa sonrisa que ya no solo iluminaba su rostro, sino también la estancia, el pasillo, esas escaleras que tanto temía. Ella no lo notaba, pero yo podía captar esa energía que irradiaba, como si fuera una estrella que cada vez adquiere más fuerza, más capacidad de poseer luz propia. Al mismo tiempo ella me ayudaba a mí a encontrar mi camino. Era como si con cada una de esas lecturas fuera cultivando su mente, abriéndola más, sintiéndose mejor.

—¿Sabes?, cuando ayer me fui de aquí vi una paloma. Pero no una paloma normal, obviamente hay muchísimas por los alrededores que van en bandada. Esta era diferente, era como yo. Tenía un ala rota y no podía volar, no podía ser libre. ¿Qué se sentirá al poder volar por donde quieras y a la altura y velocidad que se desee? ¿Y buceando? ¿Y si pudiera ser como una sirena y pasar horas y horas bajo la superficie del mar? Bueno —prosiguió, intentando no irse por las ramas— , la cosa es que quise ayudar a esa pobre ave que había perdido el rumbo y estaba en terreno desconocido. La llevé a casa y mamá la ofreció un poco de pan del día anterior, pero estaba tan asustada que no probó bocado. Nunca había cogido una paloma, ¿sabes? Pensaba que me iba a picar, pero no. Tenía dudas sobre qué hacer con ella. No podía curarla porque no sabía cómo hacerlo, y si la dejaba en casa acabaría muriendo, ya fuera de tristeza o de hambre. Entonces decidí llevarla a la iglesia, donde están las demás palomas, porque me dijo mamá que si la acercaba a las otras, lo más seguro es que tendieran a ayudarla. Así que eso fue lo que hice, y sentí una satisfacción enorme.
Tenía esa mirada infantil que tanto me gustaba, esa que un día pude apreciar desde muy cerca, mientras la acariciaba la cara, justo en el mismo sitio donde estaba ahora mismo. Una leve sonrisa adornaba su cara, mientras observaba la habitación de arriba a abajo, sin apenas detenerse en la pantalla negra, ya que no estaba en el ángulo correcto como para poder mirarla. Estaba en el sillón de la luz.
De repente su semblante mudó, frunció el ceño y se recostó del todo sobre el respaldo. Quise taparme los ojos antes incluso de que articulara palabra, pero tenía que ayudarla, aunque fuera lo último que hiciera. Poco después se separó de éste, inclinándose sobre sus rodillas.
—¿Por qué es tan fácil ayudar a los demás y tan difícil ayudarse a uno mismo? —escupió al fin— . Digamos que si eché una mano a la paloma entregándola a las de su especie, ¿tendría que hacer yo lo mismo? Está claro que aquí, tan sola como me siento, no voy a avanzar. La tía dice que leer puede ayudar a cultivarse uno mismo, sí, pero no deja de ser un hobby, una manera de entretenerse, de liberarse del pensamiento por un rato. Sin embargo no se vive a través de ellos, vivir es otra cosa. ¿Qué es vivir? Me da miedo averiguarlo, me asusta enfrentarme a ello.
Se hizo el silencio. Por un momento habría jurado que podía oír sus pensamientos, cómo gritaban, luchaban, cómo unos morían, cómo otros salían victoriosos. Hasta que, lentamente, todos se fueron callando, como un efecto de disco rayado en sus últimas. Y dejó de girar.
Cogió aire con todas sus fuerzas y lo expulsó. Volvió a recostarse, apoyando incluso la cabeza. Sus músculos se destensaron, totalmente relajados. Sus extremidades podían apoyarse sin temblar. Se deleitó con el silencio. Disfrutó la sensación de no oír ni pensar nada. Ella era la dueña. De su cuerpo, de sí misma, de sus pensamientos, de su alrededor. Lo que antes eran gritos que salían de su cabeza, ahora era una nube, una nube transparente, permeable. Por una vez en mucho tiempo podía verla a ella y no a su constante diálogo mental. Lástima que no me fuera posible llorar, porque habría estallado en mil lágrimas, y no de tristeza, como ella decía, por supuesto. Estaba claro que eso era el principio del fin. Estaba dejando de ser una niña para comenzar a ser mujer.

Quince o veinte minutos después subió los brazos por encima de la cabeza y se desperezó como un gato, emitiendo un dulce gemido. Se levantó, como si fuera otra persona, y salió de la estancia. La seguí por el pasillo, por las escaleras, hasta llegar a mi habitación. Se acercó al tocador y, mirando al espejo con una sonrisa, se aproximó a éste y le rozó con los labios, regalándole un beso.
—Para ti —dijo.
Me llegó.
Seguidamente abrió el cofre y cotilleó mis joyas. Eligió un broche de bisutería, no muy costoso pero de gran valor sentimental.
—¿Me lo regalas? —Preguntó.
Asentí, sentada en la cama detrás de ella.
Se lo guardó en el bolsillo de la cazadora y salió de la habitación, cerrando antes el joyero. No volvió directamente a la gloria, se tomó su tiempo para recorrer el resto de la casa, comprobando que todo estuviera en orden. Se estaba despidiendo.
 Algo llamó su atención en la ventana de la habitación del fondo. Palomas. Una bandada de palomas. Seguramente le pediría que ahora fuera ella quien le deseara suerte.


Cuando salió por la puerta del corral, tanto ella como yo sabíamos muy bien que no volvería, pero me alegraba profundamente de ello. Antes de abandonar definitivamente la casa, se dio media vuelta para echar el último vistazo.
—Ánimo, mi niña —la susurré.
Tan pronto como cerró la puerta la oscuridad se volvió a cernir sobre la vivienda.

Al día siguiente, como esperaba, no me visitó. Ni al otro, ni el de después... Pero a la semana siguiente noté algo. No era exactamente una presencia, no transmitía vibraciones, ni energías. Subí las escaleras buscando la fuente de mi confusión. Por un momento sentí miedo. Continué por el pasillo superior, paso tras paso, lentamente. Había una habitación iluminada, una luz tan real como la vida misma. Imposible, ya no había corriente de luz en la casa. Crucé el umbral de la habitación y, en la ventana más alta, había un agujero como un plato de grande. Un agujero brillante, muy brillante. Entonces lo entendí todo.

Paulatinamente, día tras día, el agujero aumentaba su tamaño. Apenas unos centímetros, pero ya estaba cerca. La esperanza que florecía en mi interior se juntaba con una sensación de ligereza creciente. Mi impaciencia desapareció, saboreé como nunca antes ese nuevo estado que me iba consumiendo tan despacio. Era como un continuo suspiro que cada vez se dilataba más, limpiándome con más y más profundidad, purificándome, permitiéndome paladear esa sensación de plenitud directamente en mis propias carnes.

Estaba una mañana observando cómo el agujero ya no parecía un plato, ni siquiera una criba de las que tantas veces usé cuando era joven. Ya apenas podía ver la ventana por la que comenzó a entrar aquella luz, el orificio alcanzó dimensiones aún mayores.
De repente oí unos gritos. Después voces, luego risas. Volvían otra vez a sonar los primeros al mismo tiempo que éstas últimas. La noté. Era ella.
Bajé rápidamente las escaleras y entré en la sala de los libros, por donde podría observar mejor el exterior desde la ventana. Y ahí estaba. Rodeada de gente, pero callada. Ya no reía como hace unos segundos, simplemente miraba mi casa, sonriendo. La miró de arriba a abajo. Estaba feliz.
Iba a volver a la habitación cuando, sin preverlo, echó la vista atrás. La inquietud se apoderó de mí. No sabía cómo interpretar eso. ¿Buena o mala señal?
Subí de nuevo y el agujero seguía igual, creciendo. Intenté no darlo importancia. Quizá no la bastó con mirar la casa cuando estaba apenas a dos metros de ella, tenía que mirarla por última vez sabiendo que no lo volvería a repetir. O sencillamente se le hacía raro mirarla y no entrar. No lo sé, pero habría jurado que dudó a la hora de volver la vista al frente. Sea como fuere, no ha vuelto. Con eso tenía que bastarme.

Las noches siguientes no las pasé en mi habitación, sino en la del agujero, esperando pacientemente, sin querer dar otro repaso a la casa para no llenarme de melancolía. Allí fue donde pasé los últimos treinta y ocho años de mi vida, junto con mi marido, mis hijas, mis nietas... Las despedidas son lo peor, nunca se sabe cuánto hay que dilatarlas, qué echarás de menos después, dónde habrías estado más tiempo recordando. Como decía una novela que leí poco antes de mi muerte: "Ojalá te hubiera abrazado más mientras todavía estaba a tiempo". Cada hora que pasaba me sentía más plena, sí, pero todavía conservaba la mayoría de las sensaciones y sentimientos humanos.

Al fin llegó el momento, ya únicamente pensaba en irme. La luz ya no solo ocupaba la ventana y la pared, diría que la propia habitación se quedó pequeña. Ya no sentía el suelo bajo mis pies, no sentía nada. Solo había luz, por todas partes. Pero no una luz cegadora como la que recordaba del sol, ni de una lámpara. Era luz en el sentido de energía, no había en la vida nada comparado con eso. Me sentía como una pluma, como un eterno suspiro. Menos denso que el aire. No había nada a mi alrededor, no había límite alguno. Ni paredes, ni objetos. Nada material, ni siquiera yo.
Pero, repentinamente, esa energía desapareció. Seguía sin sentir nada, pero oía algo. Voces. O solo una, no conseguía distinguirlo. Abrí entonces los ojos.
—...cular, fue genial. Ayer Bárbara me prestó el libro que quiero leer y da la casualidad de que Miguel tiene la película, así que cuando me lo termine veremos la adaptación los tres. Por otro lado, Paula me dijo antes de ayer que tiene miles de cosas que contarme de su viaje a la playa. ¿O eso ha sido hoy?...¡Ya no me acuerdo! —rió divertida— . Madre mía, cómo pueden llegar a cambiar las cosas, ¿verdad? Sin duda la paloma me dio una lección que nunca olvidaré. Estaba claro que si yo no hacía un esfuerzo por salir de ahí, nadie, humano, espíritu o animal, iba a cogerme los pies para dar los pasos por mí. Ni siquiera el propio destino o la suerte me habrían ayudado a poner fin a esa agonía. Ya no era cuestión de "ya se me pasará", no. Hay cosas que, o haces que pasen, o se quedarán siempre. Ya no confío en la suerte, ni en el destino. Lo que significa que si no luchamos, no lo conseguimos. Pero el hecho de que no existan nos da libertad para conseguir lo que nos propongamos, ya que no habrá ningún "la suerte no está de mi parte".
Tanto la acaloraron sus reflexiones en alta voz que tuvo que desarroparse e incorporarse, quedando sentada en la cama. Cogió a Bunny, el osito de peluche que la regalé cuando era pequeña, y continuó, repasando los bordados de su cara con el dedo índice.
—La forma de ver las cosas lo cambia todo, la perspectiva es algo que, afortunadamente, todos podemos manipular a nuestro antojo, solo hay que saber hacerlo. Es increíble cómo se puede sacar algo bueno de absolutamente todo, cómo se puede aprender de ello si estamos atentos, incluso se puede aprender de uno mismo, puesto que para empezar a vivir bien es necesario conocerse, y hacer lo posible por estar a gusto con lo propio. Sí que es verdad que "hay que pensar antes de hablar", pero para todo hay un término medio, como decía Aristóteles. Si nos descuidamos, por menos de nada, pensamos mucho pero no decimos palabra. Hay que buscar el equilibrio. No es bueno ni mucho ni poco, por eso hay que aprender a controlar, a saber qué es lo mejor para cada uno de nosotros. Aprender de la experiencia.
Sin duda ahora parecía más viva que nunca, y yo, paradójicamente hablado, también. Parecía que ya conciliaba el sueño, tumbándose de nuevo, cuando abrió los ojos y finalizó:
—Ese equilibrio que mencionaba antes no está ahí fuera, no hay que ser como una veleta y dejarse llevar hasta que el viento decida estabilizarte, no hay que depender de nada. Ese equilibrio está únicamente en nuestra cabeza, y también es verdad que no todos los pensamientos concuerdan con nuestra persona. Quiero decir, que no siempre es bueno identificarse con el propio pensar. No se puede prestar atención a los miles de ellos que tenemos por minuto, no hay que tomarles al pie de la letra. Tú eres tú, y luego están tus pensamientos. No somos lo que pensamos. No hay que dejar que desaparezca esa línea que separa ambos conceptos, son muy diferentes. Si flaqueamos y nos dejamos llevar, nos envolverán, nos condicionarán, nos harán esclavos. No hay que dejar que ellos nos convenzan de que es real todo lo que nos muestran. Hay que mirarlo por medio de nosotros mismos, vivir el presente, y luego comparar qué había de verdad y de mentira en ellos. Siempre damos demasiada importancia a las cosas, nos ahogamos en un vaso de agua; no creamos montañas de la nada, sino puras cordilleras. Y ahí es cuando y donde nacen los miedos, en lo alto de esas elevaciones. Éstos —prosiguió— , son los peores enemigos del hombre, manifestados a través del torrente de pensamientos, y solo hay una manera de vencerlos: mirándoles a los ojos y demostrándoles que no les tenemos miedo. Sólo así desaparecerán.


Ahora sí que parecía estar en paz. Con sus pensamientos; con sus ya pasados temores, consciente de que vendrían más que enfrontar; con ella misma y con su alrededor. Y fue en ese momento, en el que su vida empezaba a encenderse, cuando finalmente pude emprender mi camino hacia la luz, hacia la eternidad, desde donde seguiré velando por todos ellos. 

Relato ganador del primer premio del XXII Concurso de cuentos y narraciones cortas del IES Vega del Pirón (2013 - 1014)

Me dirijo al sur


Hola, me llamo Jana y escribo esto para dar a conocer mi historia.


Todavía recuerdo mi primer beso, a los 4 años recién cumplidos. En realidad recuerdo las palabras de mi madre contándome cómo ese diablillo se me echó encima intentando demostrar un gran amor que decía consumirle por dentro, producto de los poemas que solía contarle su madre al acostarse. Por suerte o por desgracia ese suceso no entra en mi "desde que tengo uso de razón". El gran primer beso que recuerdo ocurrió cuando yo tenía 8 años, una buena edad para empezar a experimentar, ¿no creen? Me parece recordar que ese niño no llegó a ser mi novio, los cuatro o cinco siguientes sí.

Después hubo una época de decadencia amorosa, parecía que iba a durar poco, pero se dilató más de un año, más de dos, más de tres. A los 15 años y medio, como solía decir, me quedé soltera, sin sospechar que iba a tener tiempo de sobra para acostumbrarme a mi nuevo estado civil. Decidí dejar de darle importancia a mis pasadas etapas de color rosa y me centré en cosas de mayor provecho, como los estudios y los amigos. Era una alumna intermedia, mis notas no eran bajas pero tampoco destacaba, no era perfecta, pero, ¿quién lo es? Tenía amigas en cada aula, en cada barrio, en cada rincón de la gran ciudad. Simples conocidos, conocidos amigos, amigos de pasar el rato, amigos del alma, enemigos en práctica, enemigos expertos... nada del otro mundo. Uno de esos simples conocidos, en menos de una semana pasó a ser un conocido amigo, posteriormente un amigo para pasar el rato y en un abrir y cerrar de ojos ya le estaba contando mis más íntimos secretos. Volví a sentirme como una niña otra vez, o no vi la fina línea que separa la amistad del amor o hice caso omiso de ella. La cuestión es que algo empezó a crecer en mí, cuanto más hablaba con Damián, cuanto más compartía momentos con él, más mariposas rompían sus capullos para batir libremente sus alas por todas las partes de mi ser. Me sentí un poco más mayor, estaba a punto de cumplir los 17 y era incapaz de controlar mis sentimientos. Ese era mi único gran secreto, ni siquiera se lo conté a mis mejores amigas Clara, Lidia y Sofía. Prefería que esa fina línea de separación entre sentimientos brillara por su ausencia en mí pero que estuviera presente en la realidad. Esa división era el equilibrio de nuestra amistad, le daba sentido a todo.

El tiempo fue pasando y llegó el momento de separarme un poco de mis amigos y emprender una vida no muy lejana pero sí diferente. Al terminar el instituto me puse a estudiar un curso de Administrativo. En él conocí a gente nueva, aunque no me olvidé de mis antiguas amistades. Contrariamente a lo que esperaba, conseguí superar el separarme de Damián después de estar meses y meses sin dejar de pensar en él.
Empecé a fijarme en otros chicos, pero ellos no demostraban demasiado interés por mí, todo lo que ellos tenían de atractivo lo tenía yo de insignificante. A mis compañeras no las costaba nada llamar la atención de aquellos a los que echaban el ojo. ¿Por qué yo no? ¿Por qué era tan invisible? No era gorda, en vez de salir con gafas me ponía las lentillas, era alta... Estaba realmente frustrada. Cuando intentaba ir más allá con algún compañero, todo era en vano, no me tomaban en serio. Era amiga de todos pero amor de ninguno. Primero sólo fue una desilusión, después dos, tres...¿Qué fallaba?
Conseguí sacarme el curso, sí, pero creo que fue con lo único positivo que me marché de allí.

Cuando volví a casa para celebrar el fin de mi época estudiantil, después de que mis padres me hicieran un detallado resumen de los acontecimientos ocurridos en mi ausencia durante la tertulia de la comida, me informaron de que mis amigas de la infancia e instituto habían querido contactar conmigo en numerosas ocasiones. Y fue ahí.
Fue en ese momento cuando mis ojos volvieron a brillar con luz propia. Damián.
–Tengo que volver a verle –sentencié.

Me puse en contacto con Sofía, a las demás no conseguí localizarlas. Le dije que ya estaba en casa, que había terminado de estudiar y que tenía muchas ganas de volver a verla a ella y a las demás. Yo sugerí la fecha, la hora y el lugar, ella aceptó y se encargó de avisar a las demás.

A las 19:00 ya me encontraba en la puerta del McDonals, donde solíamos reunirnos siempre que quedábamos cuando estudiábamos juntas e incluso algunas veces durante mi curso. Habían cambiado bastante, pero todavía las reconocía.
La tercera pregunta que me hicieron fue sobre mi vida amorosa. Hubo un silencio incómodo, no encontraba un punto lo suficientemente alejado del actual escenario para mirarlo fijamente, dando a entender que estaba ansiosa por escuchar la siguiente pregunta. Pero no ocurrió, ellas siguieron insistiendo y yo no tuve más remedio que declararme tocada y hundida. Y descompuesta, la verdad. Era muy predecible que después de mi cortante respuesta ellas empezaran a recitar su lista. Cogí aire y lo aguanté todo el tiempo que pude, como si de sumergirse en una extensa masa de agua se tratara. Su conversación sobre sus numerosas experiencias fue más larga de lo que yo pude aguantar haciendo oídos sordos. Fue en ese momento y no otro cuando me convertí en la verdadera oveja negra.
Conseguí despegarme de ellas hora y media más tarde. Las cuatro teníamos 23 años y las vivencias de la que menos había ligado de ellas triplicaban las mías. Mis únicos recuerdos de ese calibre databan de mi época infantil. "¿Cómo debo sentirme ahora? ¿Debería hacer algo al respecto?". Mientras miles de preguntas carcomían paulatinamente la poca autoestima que me quedaba mis ojos se fijaron en una casa que me resultaba especialmente familiar. Observé la fachada, admiré su color crema, examiné la gran puerta principal de madera de ébano. De repente, una luz me iluminó el camino a casa, el cual tracé lo más rápido que pude, sin volver ni por un sólo segundo la vista atrás.
Nada más entrar descolgué el teléfono y marqué un número.
–¿Diga? –respondió una voz masculina al otro lado del teléfono.
–¡Hola! ¡Soy yo, Jana! –contesté eufórica.
–¿Jana? –preguntó la voz, confundida.
–Sí Damián, soy Jana. ¡La del instituto! –insistí sin perder los nervios.
–¡Jana! ¡Cuánto tiempo...años!
–¡Sí! Acabo de terminar un curso hace poco –añadí, aliviada de que todavía me recordara.
–¿En serio? ¿De qué?­
–¿Por qué no quedamos y nos ponemos al día? –dije sin pensar.
–Hmm, buena idea. ¿Mañana? ¿A las 12?
–En el Parque Central.
–Hecho. Hasta mañana entonces, Jana. Me alegro de volver a saber de ti, ha pasado mucho tiempo.
–Yo también me alegro Dami, mucho. Nos vemos.

Me pasé lo que quedaba del día y las dos horas anteriores al encuentro del siguiente preguntándome qué pasaría. ¿Seguiría igual? ¿Habría cambiado? ¿Más alto tal vez? No tenía ni idea de lo que le iba a decir cuando estuviera con él, sólo confiaba en que ese "me alegro de volver a saber de ti" fuera más que un simple cliché. "¿De verdad desearía volver a verme tanto como yo a él? Si era así, ¿Significaría que también sentía algo más?".
Mis indagaciones continuaron hasta que el cansancio penetró en mis huesos y me obligó a conciliar el sueño.
A la mañana siguiente no me hizo falta hacer ningún esfuerzo para que toda la ilusión volviera a mí, me despertó la sonrisa. Una vez que me hube preparado, dediqué todo mi tiempo libre a maquinar, casi escribir, un guión.

Fui la primera en llegar al parque, poco después llegó él y nos saludamos con un acalorado abrazo. Seguía igual de alto, igual de guapo, el mismo corte de pelo, mismo estilo. Era el Dami de siempre, el conocido que, con una velocidad trepidante, se convirtió en el mejor baúl capaz de guardar los secretos más íntimos de una persona. El mismo que me hizo abrir una vez más las puertas al amor después de tanto tiempo, me tentaba a volver a darle paso a mi alma, pero esta vez por la puerta grande.
Me contó cómo, después de terminar yo el instituto, tuvo que enfrentarse a una profesora por una injusticia, lo que le llevó de cabeza a la repetición del último curso. Cuando consiguió salir de allí, se buscó trabajo para independizarse cuanto antes. Había pasado ya por dos y ahora estaba buscando un tercero. Yo, por mi parte, le conté que en todo el tiempo que no me había visto no estuve haciendo otra cosa que estudiar un curso de Administrativo. Le dije también que estaba de paso, que me iba a ir al sur a buscar trabajo pero que antes paré allí para despedirme por última vez.
Confiaba en que esas últimas palabras hubieran hecho mella en él, y, a falta de una respuesta, me lancé a sus labios, tal y como se lanzó aquel diablillo aspirante a poeta.
–Mi verdadero primer beso –pensé–, supongo que a...
No me había dado tiempo ni siquiera a saborear sus labios cuando, con un movimiento rápido hacia atrás, los despegó de los míos. Se produjo un gran silencio incómodo, tres veces más que el que apareció cuando quedé con mis amigas. Un silencio de rechazo.
Me levanté apresuradamente del césped en el que estábamos sentados y me fui corriendo, exactamente igual que la última vez que había corrido, desde la casa que me recordaba a la suya hasta la mía, sólo que en ese momento no corría de emoción, sino de vergüenza, de rabia, odio, frustración...malos sentimientos que, combinados desordenadamente, sólo pueden provocar nudos sin desenlace.

Llegué a casa y subí a mi habitación, advirtiendo a mis padres de que no me molestaran.
–Otra vez –pensé en voz alta–, otra vez igual. Ya no sólo me rechazaron los chicos que conocí en el curso, también Damián. ¿Tan fea soy? Mido 1'60, ¿acaso soy baja? No lo entiendo, ¿Qué hago mal? ¿Qué tengo que ser para atraer a un chico?...Exacto, ser. Ahí está, soy yo, el problema soy yo. Recuerdo que en el instituto a Dami le gustaba una chica pelirroja de ojos azules. No es difícil. A ver, ¿Qué más, qué más?...¡pañuelo! La chica llevaba un pañuelo al cuello día sí día también. Era bastante femenina, siempre a la moda. Bolso y camiseta con escote.
Cogí un bolígrafo e hice una lista. Había cosas de las que sí disponía, las que faltaban las compré aquella misma tarde en la calle Infinito, el lugar ideal para ir de tiendas.
Volví a llamarle en cuanto regresé, pero no me cogió el teléfono.
–Está bien, lo haré a mi manera.
Cogí del armario unos pantalones pitillo, un pañuelo morado y un bolso que nunca llegué a estrenar. Saqué de una bolsa una camiseta azul clara y me la puse, sin saber muy bien cómo colocármela de manera que no dejara a la vista más de lo necesario. Era la hora de entrar en el baño para salir siendo una chica totalmente diferente.
Hora y media después salí del aseo y me vestí. Me eché una ojeada en el espejo grande del armario y, sin dejar de estudiar mi rostro, me puse las nuevas lentillas encima de las que ya tenía.
A mitad de camino me di cuenta de que el anillo que me regaló mi abuela cuando hice mi Primera Comunión se había manchado accidentalmente de colorante caoba rojizo, pero aún así no me lo quité, quizá me diera fuerzas para lo que estaba a punto de hacer.
-Llegó la hora. Es ahora o nunca.

Toqué a la puerta y oí unos pasos rápidos descender por unas escaleras, tan pronto como cesaron, la puerta se abrió. Al otro lado apareció Damián, al principio con una expresión entre cansada y molesta; apenas tres segundos después, su semblante fue cambiado a medida que me examinaba, me comía con la mirada.
–Ho...Hola –consiguió articular, sorprendido.
–Hola. Siento lo de antes –me disculpé–, ¿Puedo pasar?
No escatimé en recursos para engatusarle: adopté una postura totalmente erguida, comencé a rizarme un mechón de pelo con los dedos y me lamí el labio inferior, todo sin dejar de mirarle fijamente.
–Claro –carraspeó–, adelante.
No me dio tiempo a decir una palabra más, ya que, en cuanto entré, cerró la puerta y pasó su brazo izquierdo por mi cintura atrayéndome hacia sí. Esa vez fue él quien me besó a mí, quien, sin yo ser consciente del tiempo que pasaba mientras nuestros labios estaban en contacto, me aprisionó contra la puerta. Fue un choque bastante brusco a la vista de cualquiera, pero ni él ni yo sentimos dolor alguno, era más lo que estaba sucediendo entre nosotros que cualquier distracción secundaria. Inmediatamente después de salir de aquella apasionada abstracción subimos a su habitación, pero eso ya es otra historia.

A la mañana siguiente amanecí en su cama. Cené con él entre beso y beso y luego todo se nos fue de las manos, sin oponer demasiada resistencia, la verdad. Era pronto, todavía no daban las ocho, pero no me seducía la idea de quedarme allí. Preferí recoger mis cosas y desaparecer como la niebla, como el rocío de la madrugada, que alcanza su gran auge en el transcurso de la noche, cuando el día duerme, evaporándose después, a medida que la oscuridad pierde una vez más su batalla contra la luminosidad que se aproxima por el perezoso horizonte.
–Una noche, sólo con una noche ha bastado para resolver todas mis dudas –pensé–.
Por primera vez en la vida me sentía mujer, adulta. Me sentía poderosa, real, visible, más que cualquier otra chica. Ahora no sólo me atraían de una manera inconcebible los hombres, sino que yo también causaba un efecto en ellos. Sólo tenía que buscar la manera de hacerlo, sólo eso para volver a sentirme mujer. Me sentía completa, satisfecha, realizada. Bueno, la verdad es que lo último no, ya que esa no sería la última vez, sino la primera de muchas.

Llegué a casa a tiempo para desayunar. Sorprendentemente mis padres no dijeron nada respecto a mi ausencia nocturna, entendí que ya tenía una edad para poder prescindir de las explicaciones que rozaban la intimidad.
A partir de ahí todo fue sobre ruedas, entendí que a veces es estrictamente necesario llevar a cabo ciertos cambios para conseguir una vida plena, en todos los aspectos. Yo sólo necesitaba cambiar una parte de mí.
Comencé a ir de tiendas más seguidamente, a confiar en mí, en que todo era posible si se movían algunas piezas. En una de esas tiendas conocí a otro chico con el cual intercambié algunas palabras y terminó invitándome a asistir a un concierto que tendría lugar en un local de la calle Garenovi. Fiesta, mucha gente, buena música, chicos, ¿Qué más podía pedir?
Me advirtió que era un local bastante estrafalario, que podía encontrarme cualquier cosa allí, pero que el grupo que tocaba era incomparable.
No había nada que pensar, le di mi palabra de que acudiría a su encuentro.

Sus palabras no pudieron ser mas exactas a la hora de describirme el establecimiento, pero, a pesar de estar todavía en la puerta, no me eché atrás. Estaba segura de haber elegido bien mi atuendo.
–¡Jana! –gritó una voz desde la otra punta, más allá de todo el extravagante gentío que reinaba en el lugar.
Nos acercamos haciéndonos paso a empujones.
–¿Has cambiado de tono? Tu pelo no es el mismo que el de esta tarde –rió divertido.
–Sí, he cambiado un poco –respondí, intentando no dar más color a la apariencia de mi cabello.
–¿Un poco? Pero si está más largo...Y ahora que me fijo, si no fuera porque llevas la cara despejada ni siquiera sabría decir si eres tú –dijo confundido.
La inseguridad comenzó a adueñarse de mí, ¿De verdad estaba tan exageradamente cambiada?
–Pero bueno, Janita, no me hagas caso. Estoy más borracho que tú, no sé lo que veo y mucho menos lo que digo – añadió acto seguido, intentando eliminar todo átomo de incomodidad.
–Ahora lo entiendo todo –sonreí tranquila, aliviada como nunca antes lo había estado.
No conocía al grupo que animaba tan estruendosamente a su público, ni siquiera me gustaba ese sonido tan martilleante. Pero valía la pena soportarlo, lo interesante era lo que vendría después.


Y así fueron pasando los días, semanas, meses. Sí que me dirigí al sur a buscar trabajo, tal y como le conté a Dami, pero no abandoné mis costumbres en aquel lugar, sino que me las llevé conmigo y las hice evolucionar, las hice crecer. Cada vez formaban más parte de mí, haciéndome imposible diferenciar mi persona de las costumbres. Conocí a algunos chicos más antes de marcharme, cada semana renovaba mi vestuario hasta que llegó un momento en el que no cabía más ropa en mi habitación y decidí combinar unas cosas con otras. Lentillas de todos los colores posibles, pelucas de diversos tonos y cortes, zapatos de cada tamaño de tacón, un perfume de cada marca conocida, un reloj para cada día, varios kit de maquillaje, etc. Conjuntando unas cosas con otras saqué decenas de apariencias, de estilos, de personas. Eso y nada más era lo que necesitaba para conseguir el equilibrio, una estabilidad entre mi vida personal y mi vida laboral, a veces relacionadas entre sí. Gracias al constante cambio de aspecto conseguí satisfacer mi necesidad de sentirme deseada por aquellos hombres que me atraían. Todos los complejos, todas las inseguridades, las frustraciones, los amores no correspondidos...todo eso desaparecía cuando me proponía cambiar de yo. Tenía tantas posibilidades de cambio que ninguna acción se me antojaba imposible.
No sabía muy bien qué era lo que me motivaba a cambiar de pies a cabeza, si el hecho de que los hombres, que antes me rechazaban, se postraran ante mis pies o la deliciosa sensación de poder cambiar ese yo que no encajaba en ninguna parte por otros yo dispuestos a comerse el mundo. Creo que no me movía el saber que ahora los humillados serían ellos, sino mi propio disfrute de los mismos, tener libertad de elección estando increíblemente segura de que ninguno estaba fuera de mi alcance.

Pero una actuación así, una forma de vida tan enfermiza no podía traer nada bueno, y así fue. Lo que un día empezó siendo la ilusión, la emoción de poder tener una vida mejor, se transformó en una adicción y, sin tener ya control sobre mi misma, mudó a un comportamiento absolutamente patológico. Un día me desperté sin saber quién era, ya no podía recurrir a otro yo porque ya no me quedaban posibilidades, ya lo había probado todo. Y lo único que realmente formaba parte de mi fue esta pregunta : ¿Si todo lo que he fingido es lo que no soy, dónde está mi verdadero yo?
Hoy por hoy puedo enorgullecerme de poder contar esto, ya que es una visión subjetiva de mi pasado, por lo que soy consciente de la enfermedad que padecí y que me ha dejado algunas cicatrices.
Y si doy a conocer mi historia es sólo por una razón: para que la gente se dé cuenta de lo que somos capaces de hacer con tal de ser aceptadas, aunque eso conlleve un cambio total de nuestra persona. Ya no sólo hablo desde un punto de vista amoroso, sino desde todos. Con los amigos, los padres, la gente nueva, etc. a veces, sin darnos cuenta, fingimos para hacernos querer, pero la verdad es que si tú no eres tú, nadie lo va a ser por ti. Si decides vivir fingiendo, será una gran pérdida ya que no existe una persona igual a otra. Todos somos igual de valiosos, todos somos perfectos a nuestra manera, hay infinidad de posibilidades de formas de ser, millones de personalidades distintas, ninguna de ellas se parece a otra, a ninguna de ellas puedes encajonarla en una definición ya que cada uno de nosotros somos un conjunto de ideas, pensamientos, valores, ideales...cada conjunto es diferente, cada conjunto hace de una personalidad una gran persona. Por esto y por muchas cosas más, nunca hay que intentar buscar una palabra que nos defina, porque nunca la encontraremos, y eso significará que lo estamos haciendo bien.
Respecto al amor, ¿Cuántas chicas han cambiado para adaptarse a los gustos del otro? ¿Cuántas personas han dejado de ser quienes son sólo para complacer al otro? ¿Cuántas personas cambian de aspecto para ser más valoradas por los demás? Más de las que creemos.
No hay nada más importante que ser tú mismo en todo momento, te podrán robar lo que les apetezca, pero tu personalidad jamás.


Jana.